El álgebra de mi corazón

por Javier Dominguez

Decidí entrar a tu clase cuando los dos últimos alumnos que me quedaban se cambiaron a la tuya. Tú llegaste para suplir una vacante en geometría analítica. Recuerdo que alguien nos presentó antes de iniciar el semestre, no volvimos a encontrarnos. Semanas después comenzó la sangría de mis estudiantes hacia tu sección.

Discretamente seguí a los muchachos hasta tu aula y te vi por una ventana que daba al pasillo. hablabas de la circunferencia. Pediste que se imaginaran un cono de helado, ¿qué forma se veía en el extremo amplio? ¡Un círculo! dijo uno. Y sacaste una moneda, eso era un círculo. Tomaste la tiza, te paraste de lado a la pizarra y giraste tu brazo sobre la superficie. En el encerado quedó trazada una circunferencia perfecta. Explicaste que esa línea curva similar al borde de una barquilla, era una circunferencia. Los muchachos se rieron y luego pasaste a explicar la ecuación fundamental y algunos ejemplos. Nadie olvidaría tu brazo girando sobre la pizarra para dibujar aquella curva. Al menos yo no.

Te pedí permiso para entrar como oyente al resto de tus clases. Me senté al fondo, en silencio. La matemática es un lenguaje, la geometría su forma, el álgebra su gramática, lo mostraste, enseñaste ese otro idioma.

Al final del semestre quise invitarte a comer un helado para agradecerte no sólo por tus clases, sino por mostrarme cómo reconstruir mi propia geometría y el álgebra de mi corazón.




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