Inmune

por Javier Dominguez

—Es una enfermedad autoinmune —dijo el médico. Entendí que no me mataría, pero sí afectaría mi movilidad y equilibrio. No existía cura, en el mejor de los casos, sólo podría ralentizar su avance. Dio explicaciones del tratamiento e inicié una rutina de ejercicios, impulsado más por el miedo a empeorar que por la esperanza de la mejoría.

Sin embargo, a los meses el tratamiento surtió efecto. Gracias al ejercicio diario recuperé mis fuerzas, también el entusiasmo. Investigué sobre la enfermedad y me llamó la atención la palabra “Inmune”, aquello “Que no puede ser afectado por nada.” Me gustó eso.

Una noche, a la salida del gimnasio, llegué a mi auto y cuando abrí la puerta escuché el grito asfixiado de una mujer. Miré a mi alrededor, vi unas siluetas moviéndose cerca de unos autos más allá. Me acerqué al sitio y vi a un hombre encima de una mujer, la golpeaba, quizás intentaba violarla. Sin pensarlo me lancé sobre el tipo y lo derribé. Luego él me empujó y sacó un arma.

Sin amilanarme le grité: “¡Dispara aquí!” y señalé mi frente. El tipo se sorprendió de mi reacción y se detuvo, entonces se escucharon gritos de personas aproximándose. El hombre corrió.

Días después volví a encontrarme a la mujer en el estacionamiento.

—No le agradecí aquella noche. Me asusté mucho, el tipo ese casi lo lastima.

—No lo creo.

—¿Por qué no?

—Porque soy inmune.

Le guiñé un ojo y me marché con paso lento, silbando.




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