Las huellas

por Javier Dominguez

Hoy, durante el desayuno, el niño preguntó por tus botas. Recordé que hace tiempo que no las veo. Seguro se las llevaron cuando regalé todo lo tuyo. Tal vez, él empieza a asumir tu ausencia. A los seis años se puede tener un valor que no se llega a juntar en otras épocas de la vida.

Después del accidente no pudimos verte, tu hermano reconoció el cuerpo y luego te pusieron en una urna cerrada. “No querrás recordarlo así” dijo.
No hubo forma de prever el accidente. El trabajo en alturas tiene su riesgo. Resbalaste, pisaste una tabla floja y caíste del noveno piso de la construcción.

El niño lloró mucho al principio, pero luego se calmó. Cuando volvimos al cementerio días después, él miró la tumba con tranquilidad, puso las flores, quitó algunas hierbas, pero no estaba triste. Lo miré extrañada, él se dio cuenta y dijo: “Papá no está ahí.” Yo le seguí la corriente.

Han pasado dos meses de eso, va bien en la escuela, juega al fútbol y sale con los amigos. Aunque los adultos lo siguen tratando como si fuera un vaso a punto de caerse. Pero hoy entendí que no será así.

Luego que le describí tus botas, señaló hacia una esquina en el techo y preguntó: “¿Se parecían a esas?”. Volteé y vi las huellas de tus botas. “Sí, como esas.” Y sentí la misma alegría y tranquilidad que él ha tenido desde hace meses.




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