Un encuentro

por Javier Dominguez

Gabriel tomó la botella y llenó la copa de Marlene. Brindaron y miraron la ciudad desde la terraza del restaurante. Él dijo:
—¿Sabes? Hace meses dijiste en el gimnasio que este sitio te gustaba mucho. Desde entonces vengo cada sábado con la esperanza de encontrarte e invitarte a cenar, tomarnos una copa, disfrutar de la vista y luego confesarte que desde hace tiempo me alegra ejercitarme contigo. Puedo sonreír toda la semana sólo por eso. Creo que algo tuyo se queda conmigo tras cada sesión. Es como una semilla y siento que ha germinado en mí para ti. Es una flor que me ha dado un aliento luminoso y quiero dártela. Lo que hagas con ella es tu decisión y lo comprenderé.
—Gracias, lo presentía. Cuando llegué aquí y te vi lo supe, pero no creí que dirías algo justo ahora. Tú entiendes por qué.
—Sí, claro. Por eso no volveré sobre el tema. Sólo deseaba decírtelo.
En ese momento, Nelson llegó a la mesa.
—Sólo hay un baño. Increíble. Tuve que esperar ¿Qué me perdí?
—Apenas una copa, amor —dijo Marlene—. Y le sirvió a su esposo a quien luego se la entregó con un beso de por medio.
Terminaron la botella. La pareja se levantó, Gabriel dijo que se quedaría un rato más. Saboreó la felicidad de su breve cena con Marlene y, además, vio una estrella en el cielo que parecía una flor luminosa.




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