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por Javier Puchades

Le dije que no viniera, que se quedara, que esto lo tenía que solucionar yo sola, pero como siempre ha sido imposible. Intento concentrarme y responder con precisión. Ella no puede callarse y quiere contestar por mí.
El doctor me mira fijamente y me pregunta:
—¿En que está pensando señorita? la veo como distraída.
A lo que respondo:
—En nada.
Ella tiene que intervenir y me susurra al oído:
—Mentirosa, solo piensas en abalanzarte sobre él y clavarle tus manos en su cuello. ¡Vamos lánzate! ¡Cobarde!
Pero esta vez estoy tranquila, no hay peligro, por mucho que ella insista no pasará nada. Es cuestión de aguantar tan solo cinco preguntas más. Además con la camisa de fuerza no puedo mover los brazos. Enseguida estaremos las dos de vuelta en nuestra habitación y ella podrá seguir viviendo su mundo en mi interior.




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