Invisible

por Javier Puchades

Hacía bastante tiempo que las plantas no florecían y que los perros silenciaron sus ladridos. Nadie del vecindario la echó en falta. Ni siquiera el banco, ya que la soledad pagaba puntualmente sus facturas. Solo cuando la avaricia necesitó su casa, ordenó a la comitiva judicial que fuese y forzase la cerradura para poder entrar. Y allí estaba, en el salón, sobre un destartalado sillón frente al televisor y con su última cena, encima de la mesa, soterrada bajo una densa capa de polvo. Seguía esperando que alguien hubiese llamado a su puerta desde hacía casi dos años.




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