Ágrafo fatal

por Jesús Artacho

Originalidad ante todo: era su lema. Abominaba las frases hechas, las palabras gastadas, los argumentos trillados.

Escribió un relato. Tiempo después, leyendo a Vila-Matas, encontró una frase idéntica a una muy genuina que él había escrito.

Tituló un libro. Meses después, descubrió que ese título ya lo había utilizado, años atrás, Rodrigo Fresán.

Compuso un prolijo texto sin emplear nunca la vocal e. Más tarde, supo que algo así fue experimentado ya por un tal Perec.

Rizó el rizo y escribió acerca de un letraherido torturado porque todas sus obras no parecían sino copias. Pero también en esto se le habían adelantado…

Lo enfurecía oír la frase “nada nuevo bajo el sol”, pues opinaba que no todo está inventado. Pero, por cuestiones de temperamento, bajaba pronto los brazos, y horrorizado ante la posibilidad de que cualquier cosa que saliese de su bolígrafo anduviese ya escrita, por otra persona, quién sabe si en otro tiempo, ante la idea espantosa de que sus creaciones fuesen réplicas, rajó todos sus papeles y dejó para siempre de escribir.




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