Éramos tan jóvenes

por Jesús Garabato

Aunque no lo recuerdo, algún día quise decírtelo; pero seguramente ni supe ni pude hacerlo. Desgraciadamente, vivías sojuzgado por la vida;  por tu vida y por nuestra mala vida. Éramos demasiado jóvenes. Queríamos y teníamos que disfrutar de esa juventud. Bebérnosla. Nada ni nadie podía detenernos. Ni siquiera tú. Al regresar, cada madrugada, tu sonrisa ausente restañaba las heridas de mis lágrimas.  Y de sus gritos y sus golpes. Esos que tú no oías. Esos que, quién sabe, si sentías.  Ahora, vieja y sola, me atrevo a decirte que me arrepiento. Y que te quise. Aunque, como siempre, no puedas oírme, pero liberado al fin de los abismos de tu mente y de tu cuerpo. Lo siento, hijo.




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