La consagración de la primavera

por Jesús Garabato

Postrada, con un hilo de voz nos decía, una y otra vez, que su mayor anhelo era, tras el invierno, sentir de nuevo la llegada del buen tiempo. De niños, ya desde principios de  marzo, la veíamos  ilusionada contando los pocos días que faltaban para que, al fin, asomase abril. Algunos años atrás, papá y ella, habían coincidido en una excursión al campo, organizada por los chicos de su barrio. Allí, los dos, disfrutaron envolviéndose en el aroma dulce de las flores y siendo acariciados por la tibieza de aquella tarde primaveral. Ahora, llegado el  día y acompañados por el incipiente sol de la ventana, entramos todos para despertarla. Sobre su cama, pudimos ver los destellos de una brillante nebulosa de coloridas explosiones de luz, engarzados en su sutil evanescencia. Y lloramos.




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