Etiqueta Azul

por Jota Santatecla

Hay un cuervo en mi ventana, cansado de cantar en los bares, sin cuentos con los que empezar otra historia. Le digo que entre.

Fuera, los niños juegan a treinta grados, pero en mi cuarto sigue siendo 30 de Enero.

Abro una botella vacía, etiqueta azul, preparada para situaciones como ésta, en donde nunca sé si voy a llenarla de palabras, o de entrañas.

Primer trago, le pido a mi nuevo compañero que me cante su último aleteo. Él se pone sobre el cuaderno abierto que tengo en la mesa, alza sus alas y me dice: “el mundo es un extraño lugar para el que salta creyendo que va a volar, y cae. Y cae. Y cae”.

Segundo trago. Me confieso creyente de los que rompen las reglas, firme devoto del vacío tras un orgasmo. Votante de la caída, la pausa, la guerra sábana.

Tercer trago. Mi amigo se arranca una pluma, la moja en la herida que llevo en el pecho, “las letras que calles –me dice– serán las canciones que bailarán todas las mujeres que no veas despertar. Escribe”.

Cuarto trago. Vuelvo a ser el recién nacido al que la luna dejó sin garganta, por ser tú su primera palabra. Pido de mamar. Lloro. Berreo. Vomito. Escribo.

Quinto trago. Quiero a este hermano, desnudo por causa, libre por necesidad, que se para frente a la cornisa dispuesto a no volver. “Fue bella tras la duda, pero ninguna duda merece ser bella. Vive, luego salta”.

Sexto trago.

Escribo.

Escribo.

 

Existo.




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