Café tibio

por Kaw

Caía la tarde de un día cualquiera cuando esto que cuento ocurrió. Había un hombre, uno cualquiera, de esos que cruzas por las calles de cualquier ciudad a cualquier hora. No era más alto ni más bajo que tú, ni más listo, aunque puede que un poco más tonto, porque ésto fue lo que pasó:

Estaba tomándose un café en alguna terraza mientras miraba a cualquiera que le devolviera la mirada. Pero se cansaba, porque no pasaba. Casi cansado de esperar lo que no acababa de pasar, cayó en la cuenta de un hombre que sí le miró, uno cualquiera, ni más alto ni más bajo, sentado ante un café como el que él se tomaba.

Le miró atentamente, sorprendido de que alguien al fin se interesara y de verle, además, tan sorprendido y atento como él lo estaba. Cuanto más le miraba, más diferente le parecía a todos esos cualquieras de la calle. Tenía la nariz grande, de esas narices que destacan, y unos ojos pequeños y alargados, de esos que miran y no se cansan de mirar. La boca grande y seria, la pose serena. Se preguntó quién sería ese cualquiera que le miraba como si le conociese, -¿Quizá un viejo, viejo amigo?- puede que se preguntase.

Así de abstraído le sorprendió el camarero, mirando su propio reflejo en el cristal de ese bar cualquiera, con el café tibio, esa tarde cualquiera cayendo ya sobre cualquier noche, entre toda esa gente cualquiera yéndose sola a sus casas cualquieras.

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