París: años 50

por Manuel Cuesta

—Rick —dijo Ilsa—, tenemos que hablar. Esto no funciona.

—¿Qué quieres decir?¿Ya no eres feliz aquí en Le Marais? Podemos mudarnos a otro barrio del centro de París si éste te disgusta —contestó Rick encogiéndose de hombros y arrugando su mustia gabardina.

Ilsa observaba aquellos salvoconductos que aún conservaba en un cajón de su vieja cómoda. Junto a ellos había un recorte de periódico que confirmaba la muerte del líder austriaco de la resistencia, Víctor Lazlo. La Gestapo finalmente consiguió capturarle. Y una lágrima resbaló muy despacio por su níveo y delicado rostro.

—Esta no es la vida que soñé —sentenció ella—. Debí haberte hecho caso.

Rick se sirvió una copa. Dejó caer su cuerpo apesadumbrado sobre un incómodo sillón. Recordó aquellos días, el aire cálido del desierto, la fatídica muerte de Ugarte y cómo traicionó la vieja y hermosa amistad que mantenía con el capitán Renault.

«Ni siquiera ya nos quedará París», pensó Rick, el mismo Rick que luchó junto al bando republicano en la Guerra Civil Española. Se rindió.

Jamás debió haber subido a aquel maldito avión con ella y abandonar Casablanca.

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