El escaparate

por María José Viz

Él se detenía, todos los días, ante aquel escaparate. Estaba vacío, sin nada expuesto, a pesar de que la tienda se encontraba en una calle repleta de comercios que lucían sus mercancías con exuberancia. El desconocido estaba como hipnotizado por aquel cristal transparente. No podía verse reflejado en él. Este hecho lo atormentaba. «¿Tan poca cosa soy que ni siquiera puedo mirar mi sombra en los escaparates?», se preguntaba, angustiado.

Aquella tarde volvió a plantarse ante el especial ventanal y lo miró con insolencia. No iba con las manos vacías. Tras el lanzamiento, esperó, impertérrito, la llegada de la policía.




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