Involución

por María José Viz

Por más que quisiera correr, le resultaba imposible avanzar. Aquellas mazorcas gigantes, a su paso, resultaban amenazadoras. La hierba le sobrepasaba en altura más de dos metros y el riachuelo que transcurría por el prado se parecía más a un océano insalvable. Nacho se lamenta de su situación y culpa a los que le rodean de todo lo que está sufriendo en estos momentos. Se ha convertido, a ritmo vertiginoso, en una criatura mínima, en un ente insignificante. Cuando tropieza con aquella piedra que se le antoja una mole, piensa: “quizás no tenía que haberme tomado aquellas píldoras del crecimiento”.




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