La espera

por María José Viz

La niña, con ese único ojo en la frente emitiendo luces de colores, resultaba exótica. Ella no tenía la culpa de que sus progenitores la hubiesen traído de su planeta, Dibo, y la hubiesen dejado en aquel paisaje tan terrenal. Jamás los perdonaría, aunque viniesen arrepentidos, con sus antenas dobladas y sus rostros azulados, su pierna en el estómago y la tercera oreja en la frente.

X2O, con tenacidad férrea, hizo la puesta a punto de su ojo luminoso. Cortó gruesos troncos y rompió grandes ventanales con la potente luz. Luego, se sentó a esperar, comiendo una manzana.




La espera
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