Los niños vigía

por Óscar Soria Gonzalez

Usted sin duda conocerá, si viaja en transporte público, el fenómeno conocido como “niño vigía”.

La primera vez que lo presencié yo iba en avión.

La “vigía” miraba por la ventana con curiosidad y vértigo. Entonces ocurrió. Me miró con aire suspicaz, se giró apretujando sus mofletes entre las butacas y me enseñó los huecos en su dentadura al sonreírme. Como suele pasar, el adulto pertinente y cómplice del fenómeno realiza una mueca o degradación facial poco atractiva, pero que hace al niño reír y esconderse rápidamente. Los adultos ansiamos estos encuentros, pues nos dan la excusa perfecta para hacer el tonto. Tras varias monerías, la niña fue reclamada por su madre para que dejase de molestar.

Ahí pensé que si todos fuéramos “niños vigías” viviríamos en un mundo más feliz. ¿Por qué y en qué punto perdemos esa capacidad tan auténtica para socializarnos?

Me propuse promover esa actitud. Así que me giré a mirar por encima del asiento a los pasajeros de atrás. La señora mayor, que dormitaba, dio un pequeño respingo al percatarse de mi estampa, y el marido arqueó las cejas hasta un punto que yo no conocía posible. Pero no me hacían muecas. Algo fallaba. Oh, yo no estaba sonriendo. Lo hice, pero la actitud del matrimonio empeoró hasta el punto de que el señor se giró en busca de la azafata.

Confuso, me alcé en retirada hacia mi asiento. Desde allí, la chica volvía a mirarme, meneando la cabeza como diciendo: tienes mucho que aprender.

 




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