Sinestesia

por Óscar Soria Gonzalez

Oí un crujido al abrir los ojos y el sol me destelló hasta el cráneo con un fogonazo de luz. Me levanté a trompicones, mareado y desorientado, y miré alrededor. Estaba en la arena. En un desierto más extenso de lo que alcanzaba la vista. Y solo. No había nada a mí alrededor. ¿Dónde estaba? ¿Cómo había llegado hasta ahí? No lo recordaba.

Había un lago. Avancé hasta la orilla y mis pies chapotearon en el agua sin hacer ruido. Al mirar al horizonte vi que no era un lago, sino un mar, completa y antinaturalmente inmóvil. Sin el vaivén de las olas ni el crepitar de la espuma cuando se cuela por la arena.

Las nubes en el cielo parecían pintadas con acuarela, la superficie del sol no ondulaba e incluso vi a un pez, detenido en mitad de un salto, con las salpicaduras de agua suspendidas a su alrededor.

Me dio un vuelco el corazón y sentí un escalofrío por la espalda. Era como si los mismos engranajes del mundo se hubieran detenido. Como si el universo contuviera el aliento. Solo había silencio. Y quietud. Me sobrevino una profunda calma,  y a la vez, un relámpago me atravesó el pecho y me hizo gritar de puro éxtasis.

Entonces, el pez cayó al agua, las olas ondularon y la brisa me agitó el pelo.

Y por fuera de mi corazón, un “yo” más grande abría los ojos y se separaba de aquel beso.




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