Versos de cielo y sal

por Patricia Campos Ramirez

De repente, pudo entrever una playa vacía al tomar un angosto caminito. Darío, que ya había abandonado toda esperanza de ver la luz del sol aquella mañana, siguió avanzando compungido, pero no pudo sino sonreír ante tal vista. Y sintió una rara obligación, como un impulso bajo las costillas, entre los pulmones y, de pronto, huyendo por su boca en un jadeo. Tuvo que correr. No advirtió razón lógica alguna, pero corrió tan rápido como pudo hasta pisar la arena. Un estruendo le hizo mirar hacia arriba. El cielo se abrió, formando una amplia y oscura fisura. Mil páginas en blanco cayeron flotando como plumas arrancadas a un pájaro al volar. Entonces, hábiles escritores muertos años atrás bajaron pisando las nubes, haciendo de ellas una tierna escalera blanca. Con las suelas de sus zapatos sobre la superficie del mar, agarraron una hoja y, todos al compás, iniciaron con sus muñecas una animada danza de lápices y tintas. Cantaban cuanto anotaban y mil lenguas fusionaron sus sonidos, formando versos nunca antes oídos. Así, la auténtica belleza de la poesía, condición divina sólo comprendida por los ya no vivos, quedó encerrada en la eternidad de sus páginas. Darío, deseoso por conocerla y apropiarse de ella, alcanzó una hoja. Entonces, despertó.




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