Escalones

por Paula Andeliz

Cuando comenzó a subir, él ya sabía que no sería fácil. Superó los primeros escalones con su imborrable sonrisa. A mitad de camino se enfrentó a la tormenta del pasado que por un instante puso del revés su paraguas del presente. Después resbaló en el hielo y retrocedió dos de los escalones más empinados: el del miedo y el de las dudas. Agotado pero sin ganas de rendirse, rescató de sus bolsillos las conversaciones de madrugada, los brindis y las sorpresas. Y ya en el último escalón entendió que aquello había merecido la pena. Porque allí arriba estaba ella, esperándole con el sol en las pupilas y una frase en los labios: “Gracias, por no ser uno de tantos que intentaron llegar en ascensor”.




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