Menú individual

por Paula Andeliz

Se decidió por una ensalada para empezar. Ya que nunca le había gustado cocinar, aquella le pareció la opción más sencilla. Además, tenía los ingredientes a mano: reproches cortados en tiras, desengaños en láminas, inseguridades en rodajas. Lo mezcló todo en una gran fuente y lo machacó con el mortero. Terminó de aliñarlo con olvido, miedo y una pizca de desánimo.

Como segundo plato elaboró un revuelto de fracasos crujientes con rechazos frescos. Su estómago rugió de hambre. Y todavía quedaba lo mejor: el postre. Eligió un helado de cansancio con sirope de arrepentimiento.

Se sentó, con la comida preparada frente a él y miró la silla vacía que estaba a su lado. Una vez más, aquel menú sólo podía ser individual. Cogió el tenedor con energía, aún sabiendo que después de un rato tendría que tomar la pastilla contra digestiones pesadas.




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