CASTIGO GENÉTICO

por Plácido Romero

Hace años que puse 800 kilómetros de distancia entre ella y yo. Cambié de trabajo, de teléfono, de amigos. Modifiqué mi nombre y apellidos para no conservar nada que me recordara a ella. No me preocupaba si estaba viva o muerta; para mí había muerto. Sin embargo, cuando empezaba a olvidarla, ha reaparecido. Cada mañana, el espejo me muestra a una mujer que se parece a ella, que tiene sus mismos labios torcidos, sus mismas orejas minúsculas, su misma papada, sus mismos ojos malignos. ¡Mi madre me ha encontrado!




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