Muy profesional

por Plácido Romero

Abrieron un pasillo para dejarle llegar al centro de la plaza. Aunque evitó, como siempre, mirarles a los ojos, pudo advertir que estaban enfadadísimos. Recibió varios insultos, que ignoró. La ceremonia empezó con el discurso del orador. Estaba tan concentrado que no le prestó atención. Fue muy largo. Eterno. De pronto, se hizo el silencio. Supo que había llegado el momento. Algo le golpeó en el pecho: la función había comenzado. Mientras le gritaban improperios, le arrojaron huevos, tomates podridos, basura. Pronto quedó cubierto por la porquería. Sin embargo, en ningún momento se movió. Era un chivo expiatorio muy profesional.




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