Otro día

por Plácido Romero

Al capitán sólo le quedaba un cigarrillo.
–Tenemos un problema –dijo.
–¿Por qué no compartirlo? –propuse.
Después de todo, a mí nunca me había gustado fumar. Sólo comencé a hacerlo durante la guerra, para soportar las largas y aburridas noches de trinchera.
Meditabundo, el capitán se acarició el mentón. Por fin dijo:
–No me parece nada correcto.
Sacó el cigarro de la cajetilla y se lo puso en los labios. Lo encendió. Se nos quedó mirando unos instantes. De repente, me lo colocó en la boca.
–Toma. Fúmatelo tú. A tu compañero ya lo pasaremos por las armas otro día.




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