Pijortera

por Ricardo García

—Oiga, paisano —escucho gritar cuando me paro en mitad de la calle del pueblo. Giro la cabeza lentamente, mirando al tipo que dice eso acodado en la ventanilla de un flamante todoterreno nuevo, polo de marca y gafas de sol a la moda. —¿Por aquí no habrá una fuente o algo así interesante para visitar un rato…? —me pregunta, mientras consulta su súper móvil último modelo, sin ni siquiera mirarme a la cara.

No doy crédito a sus modales y bajo un poco las gafas de sol no sea que las lleve sucias de guiris y costa, todavía. Sonriendo amablemente al forastero que forrado de ciudad y vestido de camuflaje para la ocasión, con su palillo en la boca y todo, me mira desde lo alto de sus recién estrenados súper neumáticos de aventura extrema, le contesto:

—Siga por esta carretera y tuerza en el tercer desvío a la izquierda, pero tenga cuidado con…

—Gracias, “paisano”—me interrumpe, acelerando bien fuerte el motor con todas sus ínfulas de nuevo rico, interrumpiendo mis explicaciones y arrancando deprisa, levantando una enorme polvareda, ocultando el apacible sol que siempre sale por estas tierras después de la lluvia, por muy intensa que esta haya sido.

—De nada, pijortera —le contesto sonriente, mascullando entre dientes, apartando la polvareda con la mano—. ¡Guárdalas para Mariano, el de la grúa, cuando te saque del ribazo donde vas a caer de cabeza por no escucharme, capullo!




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