SAL

por Ricardo García

Cualquiera que mire, podrá observar un ejército de personas uniformadas ejecutando un baile preciso pero, a la vez, sutil y delicado. Concentrados en sus tareas, cada cual ejecuta su pieza con pasión y esmero, pero en un absoluto silencio donde apenas se escucha el rumor de las máquinas que les ayudan.

Nadie repara en el joven que, cerca de una de las puertas de salida está ultimando su trabajo. Aquel que sólo logran, tras un duro entrenamiento, unos pocos escogidos y le obliga a cargar sobre su joven entusiasmo el peso de la fama alcanzada por la casa. Él tuvo suerte, fue uno de los elegidos pero esta noche le toca sacrificarse. Sabe que solo tendrá una oportunidad y pensando en todas las duras pruebas que le han llevado hasta este rincón, ejecuta su labor con gran pericia, dejando caer una lágrima salada en el centro del plato.

—Listo —susurra al compañero que tiene delante, quien recoge su trabajo y se lo lleva en volandas.

Agotado y tembloroso, el joven aprendiz de Chef, repasa la sala buscando la mirada severa del maestro que examina su plato. Sus miradas conectan un instante fugaz, lo que dura su mínimo parpadeo de aprobación, mientras su creación sale rápidamente hacia la sala.

Fuera, el ruido de los aplausos, certifica que una noche más el servicio ha sido todo un éxito. El becario y sus compañeros, podrán cenar con el maestro y aprender escuchando sus experiencias.

Pero, por supuesto, en la cocina…




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