Suerte

por Ricardo García

Un día se paró al borde de un acantilado y mirando hacia el infinito, reflexionó.
Se había pasado toda su vida buscándola por todo el mundo, siguiendo sus pasos a través de las tenues señales que ella le dejaba en el camino. Un trébol por aquí, un boleto de lotería abandonado por allá, una matrícula curiosa, ese número capicúa en el asiento de cualquier avión… Pero ya estaba cansado de ser él quien la buscara siempre. Necesitaba sentirse un poco querido, así que después de pegarle una patada a una piedra y verla caer rebotando hasta el agua (trece rebotes contó, catorce con el chapoteo) se dio la vuelta resignado.
Se había acostumbrado a esa sutil forma de evitarle, de ir a su lado pero dos pasos por delante y marcharse justo cuando él estaba a punto de alcanzarla. Por eso decidió dejar el juego. Pero ese mismo día, su caprichosa suerte, que nunca se resignó a abandonar la partida, decidió dejarse alcanzar y en una esquina cualquiera, él cambió de acera. Por desgracia en ese preciso instante, ella que ese día tenía prisa y conducía una moto, no le vio salir entre dos coches y se lo llevó por delante…




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