Teletransportación

por Ricardo García

El primer día que los científicos consiguieron teletransportar una oveja entre dos edificios separados más de un kilómetro, el mundo entero contuvo la respiración. Se había logrado el milagro.

Durante los meses siguientes hubieron duras negociaciones hasta que una agencia de la ONU se hizo cargo del proyecto a nivel mundial. Era algo demasiado importante para dejarlo en manos de una empresa privada, a pesar de lo mucho que habían presionado Tramanzon y Handbook. Las redes sociales habían conseguido que las ganas de ver a otras personas, ponerle cara y voz a los sueños, se convirtiera casi en una obsesión.

Se instalaron plataformas de salto en las principales ciudades del mundo, abriéndose dos listas, una para los primeros vuelos voluntarios y arriesgados; otra para los de pago, una vez hubieran terminado las pruebas reales. Los fallos fueron inevitables al principio pero debido a la presión popular en sólo tres meses consiguieron tenerlo todo listo. Entonces, al revisar la lista de los vuelos de pago, se dieron cuenta de la enorme cantidad de personas que deseaban viajar de forma instantánea. Tardaron un año más hasta tenerlo todo preparado. Multiplicaron por diez las plataformas de salto, limitaron los vuelos e invirtieron enormes sumas de dinero, aumentando aún más las expectativas de los viajeros.

Pero pasada esa primera oleada, todo volvió a estar en calma. Una mitad del mundo comprobó, desencantada, que la otra mitad, tampoco cumplía sus expectativas.

Eso sí, Rymanair bajó el precio de sus billetes permitiendo llevar más equipaje.




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