Un café. Sólo.

por Ricardo García

Un café. Sólo.

La encontró como se encuentran todas las cosas buenas de la vida, por casualidad, cuando menos te lo esperas.

– Un café. Sólo – y al escucharse a sí mismo, se encendió la luz. Los buenos regalos, los mejores momentos, las personas importantes y las mejores ideas suelen llegar así, sin avisar.

Al fondo de la taza de aquel café, en aquella estación, a punto de coger el tren de vuelta hacia una casa donde había alguien que todos los días se afanaba en demostrarle que no le quería teniéndole cerca, pero lejos de quién aún amándole mucho, no quería o no podía hacía nada por demostrárselo, se encontró con su verdad.

Y fue en aquel instante, con su pequeña maleta al lado, cuando decidió romper ese billete de vuelta a ninguna parte y marchar.

Sólo. Lejos.

En dirección contraria a todas las fuerzas que, hasta ese instante, habían estado tirando de él, hasta romperlo en mil pedazos.




Un café. Sólo.
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