Debajo de la cama

por Román G. Camas

El sonido de la llave girando en la cerradura le despertó de su trance. Miró el reloj del cuarto de la habitación en la que se encontraba: el tiempo se había agotado. Se suponía que aún no deberían haber regresado. No quedaba otra opción que esconderse. Echó un vistazo a su alrededor, había dos opciones: debajo de la cama repleta de peluches o dentro del armario.

Escuchaba cómo los pasos se acercaban. Rápidamente, se agachó y se arrastró debajo del somier. Terminó de ocultarse con dificultad justo cuando la luz del pasillo inundó la habitación desde el umbral de la puerta. Pudo observar cómo dos pequeños zapatitos rojos colgaban dormidos por encima de otro par que se acercaban hasta su posición.

A los reconfortantes susurros de sábanas y colchas le siguieron unos taconeos desde el umbral:

—Quizá mañana debamos contárselo. Ya no es tan pequeña.
—Sí. Y la luz ha subido mucho como para tenerla encendida toda la noche.

Las voces se fueron apagando conforme la puerta de la habitación se iba entornando hasta dejar pasar sólo una minúscula claridad. Los pasos fueron sustituidos por la inocente respiración procedente de unos centímetros más arriba. Suspiró y decidió abandonar lo que le había traído hasta allí, sería su última noche y no la iba a desaprovechar con una tarea tan desagradable. El monstruo sólo esperaba que la niña quisiese al menos jugar con él.




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