El amigo invisible

por Román G. Camas

Los veteranos Melchor y Gaspar fueron los primeros en llegar, así que colocaron las nueve sillas alrededor de la mesa y sus respectivos regalos encima; encendieron la chimenea y comenzaron a charlar de con quién iban a pasar las próximas fiestas.

A los pocos minutos, el entrañable Odón Pérez hizo acto de presencia a través de un agujero en la pared, saltó a la mesa, abrazó a sus compañeros y dejó un diminuto obsequio junto al de ellos y su maletín en un rincón.

Inmediatamente, los gigantescos primos lejanos de Don Nicolás Norte; L’ Esteru, Apalpador, L’Anguleru y Olentzero; entraron con cierta dificultad en la habitación e hicieron lo propio entre risas y gestos de cariño.

Baltasar, el más joven de todos ellos, apareció poco después entre disculpas y exhalos, para tomar asiento junto a sus amigos y hablarles de una nueva página web que permitía repartir las papeletas del amigo invisible sin necesidad de sortearlas presencialmente.

Pasaron los minutos y una silla seguía sin dueño. Se miraron unos a otros con gesto preocupado, algunos preguntándose por el paradero del ausente y otros por el afortunado que se llevaría el regalo de Melchor.

Finalmente, Tió de Nadal llegó con una caja enorme envuelta en papel celofán. Abrazó uno a uno a sus compañeros y tomó asiento. Había llegado la Navidad y, con ella, los amigos invisibles; ésos que nunca desaparecen.




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