Jugando a conocernos

por Román G. Camas

Nos conocimos en el autobús en el que íbamos a trabajar cada día. No recuerdo cómo empezamos a entablar conversación pero sí que los tímidos saludos acabaron convirtiéndose en profundas charlas matinales.

El trayecto se nos hacía tan lento que, casi de repente y sin querer, comenzamos a jugar a inventarnos la vida de los desconocidos que compartían cada viaje con nosotros: “ése se acaba de divorciar de su tercera esposa porque ha descubierto que es homosexual, a aquél no le gustan los perros porque uno le mordió en el trasero, ésta es profesora y escritora frustrada de novelas eróticas…”

Dábamos por hecho que esas caras que se repetían cada día ya no tenían ningún secreto para nosotros, que no nos eran para nada desconocidas. Ni siquiera el uno para la otra.

Un día, la noté distante, triste y evasiva conmigo. La miré, la sonreí y me aventuré a hablar de ella: “A esta mujer que veo tan cerca, sentada con solemnidad pese a su juventud y con la mirada húmeda y mordiéndose el labio, a ésta podré describirla peor o mejor pero nunca nadie podrá juzgarla”.

Me miró sorprendida. Cerró los ojos, me dio un beso en la mejilla y dijo: “Este hombre tan seguro de sí mismo, justo éste de aquí con la coraza tan opaca e impenetrable, la de éste al que nunca he visto conmovido jamás podré atravesar. Porque lo que guarda dentro está hecho añicos y podría cortarme”.




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