Justos, lo justo

por Román G. Camas

Justicia sabía que lo que últimamente le rondaba la cabeza estaba mal. Recordaba con mucho cariño cómo aquel vecindario humilde la acogió cuando la encontraron abandonada en el bosque. Sin duda, sabía que les debía su existencia a aquel reducido grupo de campesinos con más oficio que beneficio.

Sin embargo, no podía evitar sentirse cada vez más distanciada de ellos. Los gestos de cariño de años atrás habían pasado a ser enfrentamientos constantes entre ellos por cualquier estúpido motivo. Y lo peor era cuando acudían a ella, exigiéndole que les solucionase sus problemas sin interesarse siquiera sobre cómo podría sentirse decidiendo a favor o en contra de sus propios padres.

Aquella mañana fue peor que nunca. Los vecinos aporreaban su puerta con fiereza mientras rugían su nombre en busca de Justicia. No aguantó más. Envainó su espada oxidada y escondió su trucada balanza. Se tapó lo ojos y entonó en un tono pueril: «No estoy».




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