Por Doquier

por Román G. Camas

Existen destinos maravillosos para perderse. Carabás, Babel o Nunca Jamás son ejemplos que a todos se nos vienen a la cabeza. Incluso esa isla desierta a la que la gente llevaría sus cosas favoritas y acaban perdiéndose. El día que me tocó a mí, empecé con buen pie equivocándome de destino. Mi porvenir me llevó a Doquier.

Doquier está ubicado, hacia el noroeste, en el punto más septentrional que se pueda cartografiar; al que únicamente se puede llegar por un túnel que atraviesa una cadena montañosa que lo rodea por todos los lados, excepto por uno bañado por el Istmo, cuya costa es inaccesible para los barcos por su profunda superficialidad. Además, sus reducidas dimensiones le impide avergonzarse de contar con un hospital o presumir de cementerio, por lo que, valga la redundancia, está tácitamente prohibido nacer, enfermar o morir.

Ello ha originado una desasogante tranquilidad que ha supuesto su consagración como imprescindible destino de peregrinaje de buscadores de la inmortalidad tan habituales como inconformistas febriles, amantes desmemoriados, charlatanes con carrera y filósofos cineastas, además de escritores anónimos.

Yo solía a menudo pasear por Doquier. Hasta el día en el que el Porvenir encalló en la costa y aquel anónimo escritor, con un punto y coma tatuado en su muñeca, amaneció muerto en la orilla.




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