Por las calles de Palermo

por Sara Olivas

Desde la ventana del estudio se podía ver de todo.

Cada mañana, cuando su mujer se iba a trabajar, él se dedicaba a observar cada rincón, cada pasaje y cada persona que paseaba ajena a su mirada por las calles de Palermo.

Era un día normal de agosto. El sol brillaba en lo alto y el calor se palpaba en el ambiente. La heladería de enfrente estaba a rebosar, pero entre tanta gente pudo verla a ella. Una joven de piel morena, cabello rizado y ojos rasgados. Una joven que vestía una minifalda de flores amarillas que, en ocasiones, a causa del poco viento que puede haber en agosto, dejaba entrever la largueza de sus piernas y los rincones más secretos de Palermo. En su mano derecha, un helado de limón que, muy de vez en cuando, se llevaba a la boca, provocando que algunos chorretones se deslizaran por sus labios desembocando en su escote. Por su cara, eso parecía enfadarla, pero tal vez, el monstruo causante de sus quejidos y sus encogidas de hombros se escondía tras el celular.

Desde bien temprano, fijó su atención en algo más que en sus piernas, y cuando quiso darse cuenta, la puerta del estudio se abrió y ella ya estaba ahí.

¿Otro día más pegado a la ventana? —le preguntó.

—Otro día más buscando inspiración.




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