MADRID-ROMA FIUMICINO

por Sergio Sarria

Altitud: 3.000 pies. Número de lexatines: 2. Arcadas: muchas más que lexatines. Una turbulencia. Dos. Respiro. Me sudan las manos. Llueve. Me acerco a la ventanilla. Las gotas tintinean su murmullo de nostalgia sobre el cristal. No voy a encontrar mejor momento para oír “There is a light that never goes out” de los Smiths. La paladeo. Me agarro a su estribillo como a un chaleco salvavidas. La voz de Morrissey es telúrica. Me arrulla. Me sugiere que todo va a salir bien. Una tercera turbulencia vapulea el vientre de ballena del avión. Morrissey salta por los aires y me deja solo. Plan B; busco entre los pasajeros niños y recién nacidos. Dios no los quiere matar, pienso, su guerra es contra los mayores de edad. Número de niños localizados: 6. Estoy a salvo. Respiro. Una cuarta turbulencia sabotea mi optimismo. Me rindo. Huelo a cadáver. Intento organizar los momentos de mi vida que quiero recordar antes de morir. Mi primer beso, aquel atardecer en la de bahía de Ha Long… Un bebé empieza a llorar. Gimotea. Berrea. Chilla. Dios, mátalo tú o lo haré yo con mis manos sudadas. Los nervios me provocan una erección. Número de personas que se dan cuenta: 3. Pienso en el hambre en el mundo. Pienso en las tetas de mi abuela. Desaparece la erección. Respiro. El avión se estabiliza. La maniobra de despegue ha finalizado. Cojo el micro: “Señores pasajeros, les habla el capitán. Mi nombre es Enrique Somontano. Bienvenidos a Ryanair”. Respiro.




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