Soul Train

por Sergio Sarria

La primera vez que lo vi se deslizaba como un bailarín de Soul Train por la estación de metro de Classon Avenue. Lo hacía al ritmo de Billy Jean y no podías hacer otra cosa que palidecer ante su contoneo hipnótico. Era afroamericano, medía dos metros y tenía un extravagante pelo cano y lacio aquilatado en una media melena que exhalaba toneladas de carisma. Tenía clase. Mucha. Resultaba elegante aun vestido con ropa de la parroquia.

El origen de su encanto colosal procedía de un altavoz ALTEC del 82 de casi medio metro. Lo arrastraba en una carretilla como si no pesara, como si fuera ingrávida, como si realmente no cargara con 30 kilos sino solo con el alma etérea de Michael Jackson. Dos días más tarde, le vi en Fulton. Entonces la música que salía de su chamánico artefacto era Beat It.  Una semana después me lo crucé en la estación de Nassau Street mientras bailaba Bad. Siempre parecía radiante y los que estábamos a su lado, pobres resignados a los que les molestaba su ruido.  

La última vez que me encontré con él fue en Jamaica Station, pero ya no tenía su prodigioso altavoz sino unos simples auriculares. No bailaba. Ni parecía elegante. Apenas destilaba clase. Parecía yo. Parecía uno más. Respetuoso, silencioso, aburrido. Aquel verano, Michael Jackson murió por segunda vez. Pero a la gente le resultaba más fácil lidiar con eso que con la felicidad de un negro que se atrevió a no cumplir las normas.




Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información. ACEPTAR

Aviso de cookies
Placido Romero - CompeticionRodrigo Andreu - Querer cosa ganas