Añicos

por Sor Furcia

Aquel día, al llegar a casa, la encontré sentada en el suelo, llorando, sujetando algo entre sus manos. Me acerqué, asustado, “¡¿Estás bien?!”. “Lo siento…” –sollozó- y me mostró unos pedazos de cerámica rotos. Era una taza que habíamos comprado hace años, por nuestro aniversario, y que hacía juego con otra. En una de ellas, la que aún estaba entera en el armario, se podía leer “El amor es…”, y la frase acababa en la otra taza, la que ahora se había hecho trizas.

Yo me reí y no le di importancia. Ella intentó juntar los pedazos, entre lágrimas, pero le insistí que no fuera tonta, que solo era una taza. Recogí los añicos y los tiré a la basura. No volví a recordar ese episodio y, con el tiempo, como esa taza, nuestra relación también acabó rompiéndose.

Hoy he quedado con una amiga para contarle mis penas y pedirle consejo. Nos encontramos en el metro y me propone ir a un local donde, mientras tomas algo, puedes pintar una pieza de cerámica. A mí me parece una chorrada pero, aun así, accedo. “¿Qué te apetece pintar?”, me pregunta. Me doy una vuelta por las estanterías y, de repente, veo una taza. Y todo vuelve a mi mente. Y me doy cuenta de lo poco que valoré el significado que aquel objeto tenía para ella. Y los ojos se me llenan de lágrimas. “Voy a enmendar un error”, contesto. Cojo las pinturas y comienzo a escribir “… cosa de dos”.

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