ESTRELLAS

por Sor Furcia

Con una mano coge la mía mientras con la otra se tapa la boca. Yo la miro desde abajo, tiene los ojos llorosos y observa cómo las máquinas tiran abajo la que hasta ahora ha sido nuestra casa.

Recuerdo el día que vino con el bolso lleno de pegatinas con forma de estrellas:

Las pegaremos en la pared de la cama, mira ¡estas hasta brillan! La llamaremos “La cama preciosa”, y así ya nunca te dará miedo dormir sola.

Vivíamos en un piso minúsculo. Cuatro adultos, dos niñas y un canario.

Del salón salían dos habitaciones (la de mis abuelos, y la de mis padres y mi hermana), y una cocina, que en realidad era un pasillo a través del cual llegabas al baño y a la sala de estar. En esa sala había una cama empotrada, la abríamos por la noche y la volvíamos a cerrar por la mañana. Ahí era dónde dormía yo.

No me gustaba esa habitación, estaba lejos de las demás, y me daba pánico la oscuridad.

Aun así la idea de las pegatinas funcionó. Nadie puede tener miedo durmiendo en una cama preciosa.

Pero aquí estamos hoy, viendo cómo los obreros reducen a escombros nuestro hogar, intentando encontrar el brillo de las estrellas entre el amasijo de ladrillos.

Y entonces la miro y me doy cuenta. No son las pegatinas. Es ella. Y sé que mientras ella esté, yo nunca tendré miedo.

Así que agarro fuerte su mano y me despido de mi cama.

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