Garbanzos

por Sor Furcia

Hace tiempo mi hermano enfermó. Nos asustamos mucho, aunque finalmente solo fue eso, un susto. Pero desde entonces mi madre no es la misma. Está triste.
Para intentar animarla voy a su casa y, a regañadientes, me la llevo de paseo. Caminamos un rato en silencio.
—¿Qué te pasa, mamá? —arranco.
—Nada —contesta, ahogando palabras que luchan por salir a borbotones.
—No me mientas.
Y, de repente, comienza a llorar. Yo no sé qué decirle, acostumbrada como estoy a que sea ella la que me consuela.
—Mamá, ¿te acuerdas cuando de pequeña me atraganté con un garbanzo y me puse azul?
—Sí —solloza—, claro que me acuerdo.
—Durante meses no los probé, por si me atragantaba de nuevo. Con el tiempo volví a comerlos, no sin antes pelarlos todos, uno por uno. Hasta que comprendí que debía superarlo, y así fue como pude volver a disfrutarlos… Sé que estás aterrada, y lo entiendo, pero el miedo jamás te dejará ser feliz. Todo pasa. Y, poco a poco, tienes que intentar dejar de pelar tus garbanzos.
Ella me mira, con el sol secándole las lágrimas, y me abraza. Y yo, por fin, la siento sonreír.

Escritor

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