Lavapiés

por Sor Furcia

Habíamos quedado para celebrar el cumpleaños de Elia. Hacía seis meses que lo había dejado con Candela y no había salido mucho desde entonces, pero cuando me preguntó si me importaba que la invitara a la fiesta, le dije que no, que entendía que también era su amiga.

La vi entrar por la puerta de La Berenjena y se me encogió el estómago, pensé si había sido una buena idea, pero al verla sonreírme supe que todo estaba bien.

La fiesta se fue animando y decidimos irnos al Club 33, y allí, gracias al alcohol, fui cediendo a la cercanía cada vez más acaramelada de Candela, fui creyéndome sus “te echo de menos”, sus deseos de volver conmigo, y al final acabamos la noche en mi casa.

Llevo días ignorando sus mensajes, agobiada, pensando que todo esto ha sido un error.

De repente, suena el teléfono. Lo miro con miedo, esperando que no sea ella, pero no tengo el número guardado.

—¿Sí?
—Buenos días, señorita López. Soy Sebastián, le llamo de Vodafone y…

Le corto sin dejarle terminar la frase.

—Lo siento, no sigas, no me interesa.
—Pero, señorita López ¿no quiere usted escuchar la oferta que voy a hacerle?
—¿Sabes lo que pasa, Sebastián? Que ya estuve en Vodafone y me fui. Y con las telefónicas me pasa como con las novias, que una vez que me voy, ya no quiero volver.

Cuelgo el teléfono y, por fin, escribo un “Tenemos que hablar”.

Escritor

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