Memoria

por Sor Furcia

El día que se proclamó la República me subí a un caballo y, ondeando una bandera, desfilé con otros jóvenes por las calles del pueblo. Tenía 19 años y algunos amigos anarquistas; mi hermano pequeño se encargaba de repartir El socialista y yo le ayudaba de vez en cuando. Eso fue lo único que hice. Por lo que después me querrían matar.

En las últimas fiestas, un mozo me pretendía. Me sacó a bailar. Quiso acompañarme a casa, pero rehusé. Mi padre acababa de morir, yo era la hija mayor y tenía que ocuparme de la huerta, los animales, y de mis cinco hermanos. No tenía tiempo para novios.

Y, cuando España se llenó de odio, él fue quien me delató.

Una noche de julio vinieron a buscarme a casa para fusilarme. Me escapé por la puerta trasera y, como no me encontraron, se llevaron a mi madre y la metieron presa.

Mi tía, que tenía amigos militares, me ayudó. Me entregué a cambio de que soltaran a mi madre. “Hija, si a mí no me iban a hacer nada, pero a ti te van a matar”, me dijo, abrazada a mí entre lágrimas, mientras ella salía y yo entraba.

Una mañana, dando vueltas por el patio del penal, una ráfaga de aire trajo hasta mis pies un recorte de periódico, lo cogí y allí estaba, la esquela de aquel chico con el que un día estuve bailando y que, años después, había querido matarme.

Recordé lo que era sonreír.

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