Vestigios y hielo picado

por Sor Furcia

La observa mientras su cuerpo inerte se hunde en el Támesis. Cuando ya ha desaparecido totalmente, se incorpora y se limpia las manos con una toallita de limón que guarda de su marisquería favorita, la misma a la que va siempre que asesina, y la misma a la que irá hoy a celebrarlo.

Camina bordeando el río y llega al London Bridge; lo atraviesa y enfila Borough High hasta Union Street, donde gira a la derecha en Redcross Way. Se acerca hasta la placa que le avisa de que ha llegado a Cross Bones, el cementerio de “Los muertos marginados”; mete la mano en el bolsillo y saca un mechón de pelo rubio sujeto con un lazo rojo en el que previamente ha escrito su nombre, Alison. Lo ata con cuidado en la verja, junto a otros mechones que le resultan familiares, camuflados entre cientos de recuerdos de personas que se niegan a olvidar.

Lo mira mientras se aleja, acariciando con los dedos todas esas reliquias, en dirección al Wright Brothers; y la boca se le hace agua pensando en las ostras que se dispone a degustar, a la espera de que su nuevo crimen vuelva a copar las noticias.

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