Soldadito de plomo

por Vybra

Me alistaron en el ejército sin posible elección. Me pusieron un fusil al hombro, me vistieron con las mejores galas y no olvidaron adornarlo con brillantes medallas a un valor que aún no había demostrado.

Me destinaron a custodiar un lugar oscuro en el que de vez en cuando entraba la luz y siempre llegaba acompañada de una melodía deliciosa.

Con las primeras notas de música, empieza mi desfile por un recorrido también escogido por otros, siempre erguido y con paso firme, vista al frente y fusil al hombro. Siempre alerta, hasta que ambas, luz y melodía, desaparecen para darme una tregua.

Mi rutinaria marcha se vio interrumpida un día por una liviana caricia que me descubrió una esbelta figura que se movía al ritmo de la misma canción con la que yo desfilaba.

Ella, frágil y delicada, volaba sin alas. De puntillas.

Yo, pesado y robusto, apenas conservaba mi calma.

Continué mi marcha, hechizado por su compañía, hasta que se hizo el silencio y, al amparo de la oscuridad, busqué entre susurros para conocer a quien me acompañaba desde siempre sin saberlo.

Poco a poco, entendí que mi misión era protegerla, que era un soldado de plomo y ella mi bailarina en la caja de música que, aunque cerca, nunca podríamos estar juntos y tampoco dejar de ser compañía.

Al entenderlo, mi rostro metálico esbozó una imborrable sonrisa y vivo deseando la llegada de la luz para verla bailar y ansiando la oscuridad para poder amarla.




Soldadito de plomo
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