Cuentos de miedo

Cuentos de miedo

Nos encantan estas fechas…y lo sabes. Leer vuestros cuentos cortos de terror le dan a nuestra noche de Halloween un aliciente extra. Por eso hemos convocado por cuarto año consecutivo nuestro reto de microcuentos de terror. Nuestros terroríficos participantes han cumplido con creces con la misión de ponernos los pelos de punta con sus monstruos, asesinatos, cementerios y otras historias para no dormir. ¡Gracias a vosotros tendremos más de una pesadilla con la que entretenernos!

Ganador Cuentos de miedo

El cuento ganador de el reto de microrrelatos de terror ha sido elegido de entre más de 100 participantes. La decisión no ha sido nada fácil por la gran calidad de la mayoría de los cuentos, pero tras una costosa deliberación, el jurado decidió de forma unánime que el ganador debía ser Sergio Linde y así lo anunciaron en sus redes sociales.

«NATASHA»

por Sergio Linde

«Al principio, no me creeréis, como le ocurrió a Juan. Pero cuando terminéis de leer mi relato tendréis la misma certeza que ahora tiene él de que los fantasmas existen. Hace dos semanas, cuando en la oscuridad de la noche volvía a casa por el callejón del cementerio, escuché un extraño sonido, agudo y desagradable, que parecía provenir del mismísimo infierno. No era la primera vez que ese sonido me asaltaba al pasar por allí, pero esta vez lo sentí mucho más próximo. No me detuve. Caminé más deprisa. No había recorrido ni la mitad del largo callejón cuando noté detrás de mí una presencia fantasmal, que bajo la escasa luz de las farolas cobró vida en forma de sombra. Una sombra en la que pude distinguir con claridad la figura de Natasha. Seguí adelante, casi corriendo, pero justo cuando iba a salir del callejón no pude evitar detenerme al percibir el aroma inconfundible de su perfume. Y miré atrás. Ahora, Natasha me acompaña fielmente cada día cuando vuelvo a casa por el callejón del cementerio. Ayer, mi buen amigo Juan, tras contarle el suceso, decidió acompañarme y cuando aquel sonido, agudo y desagradable, apareció, él me dijo: ‘Pedro, tienes que aceptarlo. Natasha está muerta. Los fantasmas no existen.’ Y ahora, me dirijo a aquellos de vosotros que aún no creéis en fantasmas con la misma pregunta que le hice a Juan: Entonces, ¿Quién está ahora mismo detrás de ti?»

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Participantes

Aquí podéis ver los relatos finalistas. Están listados en orden de participación.

Si queréis buscar de forma rápida vuestros cuentos cortos de terror, podéis pulsar control+F y os aparecerá un buscador, introducís el nombre con el que queríais que os publicásemos o el título y lo encontraréis. Si no os encontráis, o queréis aparecer con otro nombre podéis escribirnos a Facebook o Twitter y en breve os contestamos. ¡gracias a todos por participar! ^^

 

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1.- «LA FLOR»

por ANADE

«El pueblo estaba a los pies de varias colinas, salpicadas de peñascos. La antigüedad del pueblo lo convertía en un sitio pintoresco. No se veía a nadie en la plaza ni en las calles, estrechas y empinadas. Comenzó a lloviznar, y esa fue la señal que me indicó que debía subir al cementerio. Crucé un viejo y pequeño puente de piedra sobre un riachuelo. El murmullo del agua se arrimaba al lado izquierdo del pueblo: quince casas de piedra con tejados de pizarra, apiñadas y de una planta. El pueblo semejaba ser de juguete desde el cementerio. Abrí la cancela, que chirrió, rompiendo el sepulcral silencio. La lluvia empezó a caer con fuerza. Se formaron riachuelos turbios por los surcos de las filas donde estaban las tumbas. Los truenos y los relámpagos se sucedían sin descanso. Conseguí mantener la calma. Aguanté, no sé el tiempo exacto, sin moverme, hasta que las nubes se desunieron y dejaron paso al azul del cielo. La lluvia se fue debilitando hasta que finalizó. Pude ver, en mi lado izquierdo, una flor gris, cuyo tallo se empezaba a colorear como si alguien lo estuviera pintando con un lápiz invisible de color verde. Y así fue cubriéndose toda la flor hasta adquirir sus pétalos un rojo intenso. Con el pulso alterado, hice varias fotos y después salí de allí corriendo.»

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2.- «Engaño»

por Miguel Sequeiros

«Mi mamá me mintió, dijo que siempre estaría a mi lado. Sin embargo, a mi lado se encuentra don Luis Rojas Robles fallecido el 18 de septiembre de 1987; al otro lado se encuentra el pasillo de entrada al mausoleo.»

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3.- «Transformación»

por Vecca Preetz

«El calor era insoportable en mi departamento. Entre el corte de luz y las temperaturas elevadas de aquella noche habían logrado extraer mi mal humor y llevarlo al extremo. Una ducha fría me alivió unos instantes y me arroje desnuda sobre la cama intentando conciliar el sueño. Por primera vez no tape mis pies con las sábanas. Desde niña sentía un miedo absurdo. Temía que alguien saliera debajo de la cama y los jalara vaya uno a saber dónde. Daba vueltas y vueltas y el sueño brillaba por su ausencia. ¡Y vaya si hay ausencias aquí! De repente me dormí y comencé a soñar. Mis pies rozaban las sábanas mojadas. Un dolor punzante recorrió mis piernas. Sentí unas manos tomando mis pies con fuerza, jalandolos hacia abajo. ‘Son las sábanas’, pensé. Pero alguien mordía desgarrandome. Intenté despertar, salir de la pesadilla en la que estaba inmersa. La humedad caliente del ambiente transmitía un hedor salvaje. Comencé a tirar patadas forzándome despertar. Mi corazón latía acelerado. Cuando al fin pude abrir los ojos para el alivio del instante, un grito silencioso se ahogó tras un dolor insoportable: un engendro no dejaba de masticar mi cuerpo transformándose en mí mientras yo desaparecía dentro de sus fauces.»

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4.- «Al asecho»

por ElcalvoCientífico

«Por fin se disipa la niebla ante mis ojos, el olor de la pólvora es intenso, mis manos me duelen, casi no siento los dedos. Un escalofrío me recorre la espalda y casi al mismo tiempo pienso -estoy vivo-. Sin pensarlo suelto el arma y hecho a correr, pero el pasillo es largo e interminable, no quiero voltear, siento su presencia cerca de mí; intento ir más rápido, pero mis piernas parecen de plomo. Oh Dios, es el fin, trato de gritar, pero no puedo, mi voz ahogada no sale, es como si estuviera debajo del agua, me falta el aire, y mi corazón late tan duro que es lo único que alcanzo a escuchar. Finalmente, dentro de mi carrera torpe tomo valor y miro atrás, se ha ido, ya no está, no lo puedo creer parece que lo he perdido, sin embargo, al girar lo veo parado allí junto a mí, eres tú, y finalmente entiendo que jamás podré escapar de ti. Es mi conciencia…»

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5.- «Últimas palabras»

por nachetog

«’Debemos hablar’ Aquellas palabras, susurradas por ella a medianoche le quitaron el sueño. Se levantó de la cama y salió a caminar. No quiero, se repetía. No quiero hablar nada. Era la frase más aterradora que jamás había escuchado y pasó días antes de armarse de valor. ‘Perdón por no haber venido antes. Lo siento, mamá’ dijo antes de poner unas flores y echarse a llorar.»

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6.- «COMPAÑERO DE VIAJE»

por Markos M.

«En una noche sin luna y sin estrellas, un hombre se apresuraba por un camino. No había viento, pero podía sentir la resistencia del aire en su rostro. Tan grande era el silencio que escuchaba el sonido de sus zapatos tocando la tierra seca. En un momento se habló en voz alta: – ¡Dios mio! Está tan oscuro que si el demonio mismo caminara a mi lado no lo vería. – No me verías ni siquiera a la luz del sol – una voz sombría hizo eco en su oído. – Este no es el momento de conocerme todavía’.»

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7.- «Engendro»

por Silvana DAntoni González

«Caminó entre disfraces tan reales como el mismo infierno. Se detuvo. Se quitó la máscara y encendió un cigarrillo. Los miró inquieto, la fiesta había comenzado y su sed comenzaba a invadirlo.»

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8.- «Cárcel de argenta»

por Salvador Esteve

«Fascinada, observa la obra, la mirada humana de ese lobo la ha hechizado. Abducida por un oscuro poder la acaba comprando. Sabe de la leyenda que acompaña al cuadro: un hombre lobo habita en él y solo la moldura de plata retiene al monstruo. Ella no cree en cuentos ni en supersticiones y ya en su hogar, sonriendo, separa el lienzo para reafirmar su convicción, más adelante lo arropará con un marco de noble madera. Con la luna llena como testigo, la noche transita sobre la tragedia. Unos rugidos en el piso inferior la despiertan sobresaltada, piensa en el cuadro, en su leyenda. En otras circunstancias se hubiera reído de sí misma, pero su sonrisa queda inmóvil, la imaginación ha expulsado a la lógica y su mente hace aguas. Los gruñidos no cesan y un miedo visceral la va empapando de inquietud erizando su piel. Cuando baja las escaleras la visión la estremece, el lienzo está vacío y un enorme lobo la observa. Su aullido la deja paralizada y nota el calor de la orina recorriendo sus muslos. Quiere gritar, mas su garganta no le responde. La luna se ha ocultado y entre el cortinaje un rayo de luz se abre paso. El ser empieza a convulsionar, en su boca babeante los colmillos van menguando, el pelo se retrae y la rugosidad de su piel se tersa hasta transformarse en humano. Él la mira, ella reconoce sus ojos. Desnudo, se le acerca, su boca saliva deseo; la bestia ha despertado.»

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9.- «Soy tu pesadilla»

por Marina Cabrero

«Soy el encargado de hacer realidad todas tus pesadillas, pasando a tu lado para que notes el frío de la muerte que tú misma me diste. Por ello, me asomo por la ventana sombría del edificio abandonado que no puedes evitar mirar, tras los árboles negros que se retuercen hasta llegar a la luna llena. Te observo cada noche desde los pies de tu cama cuando estás dormida. A veces, me acerco hasta tu almohada y susurro tu nombre al oído, despertándote asustada sin encontrar nada más que la oscuridad que te rodea y tu piel erizada por mi aliento helado. Pero tranquila, hoy es el día. El aniversario del último latido de mi corazón. Y aunque sé que fue un accidente he vuelto para vengarme. Eres mi tarea pendiente, la razón por la que sigo aquí. Pero esto acabará pronto, lo prometo. Ya estoy detrás de ti.»

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10.- «Lady Charis»

por Albert Gamundi Sr.

«La brisa marina acariciaba sus dedos mientras pasaba otra página de aquella absorbente novela. Una ligera brisa marina nocturna hizo que el vello del lector se erizase, las mareas se arrastraban, igual que sus dedos intentando retener en su cuerpo, las reacciones que le provocaba la sensualidad de Lady Charis. Embelesado por las tintas, la suave temperatura marítima en otoño y el creer que podía oler a su ficticia princesa, empezó a experimentar en carne propia los pequeños mordiscos en el cuello, las uñas arañando sus carnes y la suave nariz de la dama más allá de las líneas. Convencido por las sensaciones evocadas por el autor, cerró los ojos y dejó que su mente volase libremente.Una astuta sirena, quien no precisó de técnicas de seducción físicas, tomó la obra en sus manos para continuar leyendo con voz melosa, mientras una compañera emulaba las tintas, cuando una tercera lo arrastraba lentamente. El solitario varón, quien se sentía en un sueño disfrutando de lo que consideraba el arte de la inmersión gracias a la pluma del autor, fue callado con un beso poco antes de caer al mar. Sus ojos se abrieron dentro de las negras mareas, el rostro apolíneo de Lady Charis lo miraba, su corazón se derritió de dulzura por un par de segundos, antes de que las fauces se abrieran y un grito quedase ahogado por cinco metros de agua.Horas más tarde, el libro apareció en la arena mojado, rasgado y marcado por unos labios ensangrentados.»

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11.- «El Salón»

por Kenoa Gessle

«Ese año ni bien llegamos al colegio nos dieron la noticia. Nos había tocado ‘el salón’. Habitualmente mandaban a séptimo grado, pero este año íbamos nosotros. ‘El salón’ tenía en la pared del fondo una puerta que siempre estaba cerrada. Nadie sabía realmente a dónde iba, pero la leyenda más conocida decía que era un salón clausurado por la muerte de un maestro. Aunque, también había otra versión que decía que en realidad el maestro había enloquecido y asesinado a un alumno. En lo que ambas coincidían era en que allí había quedado atrapado un espíritu y por eso lo habían tenido que cerrar. Muchas veces escuchábamos ruidos, pero los maestros no les daban importancia. Los chicos sabíamos que venían del salón tapiado. Los primeros días de invierno vimos sombras moverse sobre la pared del fondo, pero cuando lo dijimos tampoco nos creyeron. Un día la maestra se descompuso y nos dejó solos en el aula. De inmediato, sentimos un ruido metálico y el picaporte comenzó a girar. Corrimos hacia el pizarrón y nos quedamos mirando. La puerta se destrabó y comenzó a abrirse lentamente. Todos temblábamos y nos tomamos de las manos mientras el chirrido de las bisagras oxidadas nos ponía los pelos de punta. La puerta seguía abriéndose. Contuvimos la respiración. Pronto veríamos lo que allí vivía. No nos dimos cuenta cuando la preceptora entró al aula, pero de un portazo ‘eso’ volvió a encerrarse en ‘el salón’ y todos gritamos.»

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12.- «LA CAJA»

por EL MURO ROJO

«-!Miraa¡, un muñeco vudú. -Te dije que no toques nada -Wow una bola de cristal -Deja de andar husmeando y vigila. -Un Ouija, ¿seguro que estamos en la dirección correcta? ¿Es la casa del Conde? -¡¡Que Si!!, ahora ¿quieres guardar silencio ? -(…) Por fin abrió la caja fuerte, el ladrón miró emocionado hacia el interior y descubrió atónito, un cuerpo decapitado tendido en el suelo, sin percatarse de la sombra que a su espalda, sostenía la cabeza de su compinche.»

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13.- «Nada divertido»

por Arne

«No me gusta la oscuridad. Ni el silencio. Puedo oír el latido de mi corazón y la sangre circulando por mis venas. Los latidos son tan rápidos que temo que en cualquier momento no vaya a poder más. Y se pare. Y se acabe. Apenas puedo respirar; algo me oprime el pecho y no deja pasar el aire. No puedo moverme. Hace frío y todos mis músculos están agarrotados. Tengo miedo. El anciano dijo que sería divertido, pero no lo es. Me miró con su ojos amarillos y dijo que me lo iba a pasar muy bien; era un juego muy divertido, su favorito. Dijo que cuando se terminara sería una niña grande. Y me llevaría de vuelta a casa con mi madre. Y todos sabrían que soy valiente. Pero no me dijo que iba a hacer tanto frío, ni mencionó a los gusanos que trepan por mi cuerpo. Hacen cosquillas, pero empiezan a darme miedo. No quiero ser una niña grande, quiero salir. Jugar a hacerse la muerta no es nada divertido.»

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14.- «La espera»

por María Loreto Corbi

« Me cogieron cuando menos lo esperaba y, sin lastimarme, casi con dulzura, me desnudaron y me ataron a la silla. Delante de mí, muy cerca, estaba la mesa con las tenazas, los cuchillos, el tubo y los recipientes de cristal repletos de cucarachas y ciempiés. Todo era para mí: había traicionado a la organización al enamorarme de un policía y denunciar a mis compañeros. Todavía no me han hecho nada, prefieren dejarme esperar. Esperar sabiendo lo que me van a hacer: a las nueve en punto de la mañana, me arrancarán los pezones; a las 11, cuando me haya recuperado un poco, las tenazas se ocuparán de las uñas de las manos y, si estoy bien, a las 14 será el turno de las uñas de mis pies. Por la tarde, cuando haya recobrado el conocimiento y pueda seguir sufriendo, usarán el tubo de goma para empujar los insectos por mi garganta. Para finalizar, me coserán los labios para no dejarlos escapar. ¿Cuánto tardaré en morir? Ya solo quedan 8 horas. ¿Dónde se ha ido el tiempo? Si me acaban de sentar… ¡El reloj, colgado en la pared, va demasiado deprisa! ¡Que se pare el tiempo, que se aleje el momento del dolor! ¡Por favor! ¡6 horas…! ¡Solo quiero morir antes de que vuelvan! Ya son las nueve ¡Qué horas tan largas! ¡Qué noche tan corta! Oigo ruido de pasos: ya van a empezar.»

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15.- «Primera cita»

por Chelo Rivas

«-Sé que eres más que una cara bonita. Quiero saber qué hay en tu interior. Al ver su mirada dirigiéndose al cuchillo supo que hablaba en serio.»

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16.- «AGOTADO»

por ERPISHU

«’Agotado’ Me reclino de nuevo hastiado sobre la cama. Mis manos soportan el peso de mi rostro agotado. El reloj marca las tres y dos, y él está de nuevo llorando, fracturando el silencio desde su habitación. Es la decimotercera noche, y todavía quedan dos para cumplir el mandato judicial que me hace custodio compartido de su persona tras el divorcio. Ya casi está, me repito en voz baja mientras abotargado y descalzo, recorro el pasillo. Al abrir, una mala copia en color sepia de las anteriores. Una habitación en penumbra, y el brillo de unos ojos asustados a la tenue luz de la lámpara de sal, enterrado bajo las sábanas. Me siento a su lado y le acaricio el pelo empapado. -Papi, ¿puedes mirar si está el monstruo debajo de la cama? Un chasquido en los labios y un volátil suspiro de resignación. -Claro enano, pero ya lo hemos hablado… Sin dejar de mirarlo, me levanto arrastrado por la inercia y me arrodillo. Apoyo una mano sobre la colcha, aparto la manta, y es entonces cuando mis ojos se abren y retienen el aire, al igual que mi boca, incapaz de decir nada. Me veo a mi mismo oculto en el suelo bajo la cama, agazapado en las sombras con mi absurdo pijama de cuadros. El pelo alborotado, y las ojeras marcadas. Me llevo el índice a los labios y me guiño un ojo. Hago brillar la hoja del cuchillo, y me susurro: -Tranquilo, yo me ocupo de todo.»

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17.- «Cuento de hielo y fuego»

por Chinimiri

«Se habían olvidado de poner el extractor de ventilación y el vaho invadía cada rincón de aquel humeante baño donde me encontraba. Para poder distinguir un ápice de reflejo de aquel habitáculo, pasé la palma de mi mano por el espejo, como si de un limpiaparabrisas se tratara. Un intenso destello de luz se reflejó e hizo que mis ojos se desvanecieran. Quise apartar la mano de aquel cristal, pero una fuerza, que parecía venir del otro lado, me lo impedía. Sentí como las yemas de mis dedos se convertían en agujas de hielo y como el espejo empezaba a desquebrajarse. Grité, pero no podía articular sonido, los trozos de cristal caían indiscriminadamente, dejando al otro lado, un agujero, del cual emanaba un calor que hizo que mi mano y todo mi cuerpo quedaran completamente calcinados . Entonces entendí que mi sitio no estaba en aquel lugar lleno de luz y vaho, si no que se encontraba al otro lado del espejo. Ellos me reclamaban. »

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18.- «Lo entendió.»

por jgreg_falcon

«A pesar de las noticias, no lo entendía.A pesar de las súplicas de sus vecinos, no lo entendía.A pesar de la fiebre, no lo entendía.A pesar de los gritos, no lo entendía.Pero cuando la niña se abalanzó sobre él y le desgarró el cuello con los dientes, lo entendió.Cuando la niña se acercaba hacia él, arrastrando los pies, con los ojos lechosos, fijos y sin vida, mientras él se desangraba en el piso, entendió…Lo que tenía su hija de cinco años no era una gripe.»

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19.- «Cántame una nana »

por Marisol Caiceo

«Es una noche extraña, gente sale disfrazada a las calles fingiendo ser otras, nunca se sabe quién podría llegar a tu puerta pidiendo ‘dulce o truco’. No te asustes, te cantaré una nana para que puedas dormir. Deja que mi suave voz te calme, mientras que la cálida sangre que brota de tu cuello te arropa lentamente. El reloj avanza, tus padres ya deben estar por llegar y yo necesito llevarles mi nana a otros antes de que esta noche acabe. Ya para mañana todos volveremos a usar nuestras verdaderas máscaras.»

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20.- «Instantánea »

por P. Baena Moreno

«Hace una semana fuimos al campo a hacer una de estas rutas de senderismo y decidí llevarme la cámara para inmortalizar aquel fantástico día. A la mañana siguiente observaba las fotos que había hecho y empezaron a aparecer algunas que podrían catalogarse como extrañas. Un hombre de mediana altura aparecía en casi todas las fotos y lo cierto es que no se le identificaba muy bien la cara. Era un poco turbio puesto que en cada foto se le veía un poco más cerca de la cámara. Aún así no le di importancia y continué revisándolas. Más tarde comencé a ver algunas que no recordaba haberlas hecho. En ellas veía a mis padres y a mis hermanas durmiendo en sus camas. No reconocía aquellas instantáneas y lo más raro es que se habían hecho aquella noche. Por un momento pensé que estaba loco, aunque eso no se podía comparar con lo que aguardaba la verdad. Al pasar a la última imagen, vi a alguien que no reconocía. Supongo que en ese momento no quería o más bien mi mente no era capaz de asimilarlo. Pues la persona que salía en esa foto, era yo. Me asusté mucho y decidí no contárselo a mis padres. Hace unos días volví a verlas, para ver si todo había sido una pesadilla. Pero la pesadilla no había hecho más que empezar, pues al fijarme en el reflejo del despertador vi el rostro de aquel que me fotografió, el cual carecía de boca y ojos.»

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21.- «Cierre »

por Egol

« Despertó de madrugada con una urgencia urinaria. Eso le puso de mal humor, incluso aunque al día siguiente no tuviese que madrugar. Se levantó lo más rápido posible y alivió su necesidad con los párpados pesándole. De pronto, la puerta se cerró tras de sí de forma abrupta y él dio un salto que podría haber sido cómico si hubiesen testigos. Pero la puerta no solo se cerró, escuchó como alguien desde fuera del cuarto de baño la cerraba con llave. Se dirigió hacia ella y la aporreó. Dio patadas, gritó, arañó la superficie de madera, lloró, suplicó… Lo más aterrador de la situación, era que vivía solo.»

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22.- «La tía Blanca »

por Irene MoJa

«—Venga, ahora hay que quitarse las zapatillas y al agüita. Te voy a lavar primero la cabeza, que la tienes muy sucia.Esto fue lo que escuchó Sara cuando se despertó. En silencio, salió de la habitación y se fue acercando a la luz encendida del baño. No entendía qué hacía una tía, blanca como la pared, enjabonando a su hijo. Tampoco, qué hacía un perro negro mirándola fijamente al final del pasillo. »

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23.- «La daga también tiene nombre»

por camstairs

«La grandeza del palacio ya no le sorprendía, tampoco su frío o su soledad, y era por eso que cada noche corría a la cumbre esperando lo peor en un cielo que parecía gritar con acabarlo todo y que tantas veces le habían anunciado; pero nada pasaba. Su mente jamás paraba y el verdadero descanso era mantenerse despierto, porque la oscuridad le maltrataba y lo lastimaba desde que tenía memoria cuando cerraba sus ojos y el sueño le susurraba canciones de terror. De hecho, hacía tanto que había dejado de ver aún viéndolo todo. Su soledad le felicitaba cada vez que recordaba a su amado, mientras que pensarlo lo hacía querer arrojarse al barranco. Pero cuando lo peor te persigue, debes proteger lo que quieres, incluso si eso significa perderlo. Lo había analizado todo, incluso en las brujas, que su maldición parecía nunca tener comienzo y tampoco un fin, en cómo batallar a algo que desconoces. Hasta que una noche sucumbió a la sala de quien fue su primera hija, el polvo lo cubría todo, excepto la luna sobre el vidrio del espejo justo en la esquina, y la melancolía fue lo último que experimentó al acercarse y sentir la daga que tanto ansiaba, revelándose con un rostro y una sonrisa pérdida, cortándolo en dos y callando su silencio. Porque comprendió, en su vacío reflejo, que aquello que lo atormentaba y le había quitado todo, había sido y era él mismo.»

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24.- «En lo obscuro»

por Sigfred Cid

«Obscuro. Desperté, pero no hay diferencia entre mis ojos cerrados o abiertos. No alcanzo a ver mi mano a centímetros de mi cara. Huele a encierro y a mi respiración. Los recuerdos se van abriendo camino entre la neblina de mi confusión. Estoy enfermo… pero nadie me cree; dicen que soy hipocondriaco, pero realmente no me siento bien. El bello rostro de mi mujer, con gesto hastiado por mis dolencias, solo se ilumina cuando ve llegar a mi médico. Yo los veía conversar en voz baja, en murmullos… después ella se acercaba con medicinas en su mano, conminándome a aceptarlas. Yo tomaba todo lo que me daba: hasta su sordo desprecio al verme postrado. Cada día me sentía peor y debió ser cierto, porque el médico estaba más a menudo y por más tiempo en casa. Mi esposa me observaba atenta, esperando alguna reacción… Finalmente, mi mujer y el médico estallaron en una pelea lejana, en la cocina. Hablaban de medicamentos, dosis y tiempos de espera. Luego, dormí profundamente… y ahora, desperté aquí, en lo obscuro. Huele a tierra húmeda y a miedo. Quiero extender la mano para tomar mi celular. Una pared satinada me bloquea el paso. Arriba, el techo, también satinado, está a un palmo de mi rostro. Toqueteo mi cuerpo para asegurarme que no sueño. ¿Por qué visto una corbata? Esperaré a que regrese mi mujer o el doctor y me expliquen qué sucede. Esperaré. Estoy enfermo, así que pronto vendrán a ver cómo sigo…»

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25.- «Emisario»

por miro

«Soy persona poco gustosa de ir al cementerio, francamente me da miedo. Y vean cómo son las cosas: mi papá que es guardia del camposanto; me llamó ayer en horas de la noche, para que le llevara urgente las medicinas de su corazón, que se le habían olvidado en casa. Tal como me lo había solicitado; se las llevé y estampándole un beso en la mejilla, me alejé rápidamente de aquel lugar,´hogar de los espantos´, según decía mi madre. De regreso a mi casa, contesté el celular y era nuevamente mi padre que, con suavidad, me recriminó por haberle dejado sus remedios a la intemperie en la garita; cuando yo supuestamente se los había entregado en persona. A la mañana siguiente, cuando regresó del trabajo, él seguía reprochándome el hecho de dejar su droga mientras cumplía la ronda de guardia, ya que su deseo era verme y agradecerme personalmente el favor cumplido. Pero… entonces, atónita aún me pregunto, con duda lacerante: – ¿quién carajos me recibió los remedios?»

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26.- «Sorpresas.»

por Ovando Sirenal

«Aquella mañana un joven caminaba entre tumbas sin un rumbo fijo, leía un nombre aquí, contemplaba una escultura por allá o admiraba el ingenio de algún epitafio. Cansado de su andar se sentó en la primera banca que vió, no pasó mucho tiempo cuando una bella y joven mujer apareció y le preguntó si podía sentarse, él sin más dijo que si.La hermosa mujer -como para hacer plática- le pregunto, ¿llevas mucho tiempo aquí? El joven respondió que acababa de llegar, que no sabía por qué caminaba entre las tumbas pero, que era un excelente lugar para disfrutar un poco de tranquilidad. Sintió curiosidad y preguntó a la joven que, qué hacía ahí. Ella respondió de una manera muy natural: Descanso; aquí es mi lugar, perdí la vida a manos de mi esposo, la herencia que dejaron mis padres fue suficiente motivo para matarme. No, no me veas así, no busco venganza sólo salgo de vez en cuando y hoy te encontré a aquí, me gusta conocer gente nueva.Terminó por desvanecerse ante la atónita mirada del joven mientras le preguntaba, ¿te veré mañana?Un pequeño y juguetón testigo trepado en un árbol le gritó, ¡¡Hey!! tú, el nuevo, dile que sí. El joven aún confundido le contestó, calla chiquillo, ¿no ves que está muerta? Al pequeño se le borró la risa por un momento para decir, todos aquí lo estamos; y tú, ¿cómo moriste?»

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27.- «Schrödinger»

por Gris Peláez

«Julián Carrascosa no sabe que acaba de morir Julián Carrascosa. Como cualquier otro día, termina su turno y coge el coche para volver a casa por la misma carretera solitaria de siempre. De repente, la radio decide ponerse en huelga y Julián la apaga lamentando quedarse a solas con la luna, que hoy se siente plena. Poco después, al salir de un túnel, a Julián le parece volver a estar, otra vez, varios kilómetros atrás. Para en el arcén para asegurarse de que la cabeza sigue sobre los hombros y ve pasar un automóvil exactamente igual que el suyo. Mira la matrícula y certifica su locura: es su propio coche. Hecho un manojo de nervios retorna a la carretera pisándole más fuerte, para llegar, otra vez, al mismo túnel del terror. Al salir de él, vuelve a aparecer en el mismo punto que la primera vez. Acelera con ansiedad y se rebasa a sí mismo parado en el arcén. Sin dejar de conducir, intenta llamar a su mujer, a la policía, a los bomberos… Es inútil, la cobertura también está en huelga. La situación se le hace insoportable cuando cree verse precediéndose a lo lejos, y ya, perdido el control del auto y de sí mismo, cae dando vueltas de campana ladera abajo, haciendo llorar a la luna, que hoy se sentía plena. Mientras tanto, Julián Carrascosa termina su turno y coge el coche para volver a casa por la misma carretera solitaria de siempre.»

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28.- «Obedece La Tradición »

por Basilio Bernon

«Sucedió una mañana de octubre, mientras sosteníamos pláticas matutinas por la acera antes de llegar al colegio, la brisa era más fría de lo habitual cuando salimos de casa aquel día, el viento gemía en un tono casi melódico y tuve que tomarlo de la mano para apresurar el paso -¿Qué es?- preguntó mi hermano, mirando las piernas que colgaban de entre las ramas del árbol. El cuerpo yacía colgado de lo más alto ondeando a favor del viento, debajo de él las hojas anaranjadas revoloteaban y se perdían en el sendero, nos detuvimos a mirar y después de un pequeño instante contesté – Adornos, como las calabazas y los huesos falsos de halloween- -Ella no parece un adorno- contestó él mientras le acariciaba un dedo frío y húmedo del pie. – No lo soy- dijo la voz gélida de la mujer que nos miraba sonriente de entre las hojas, tenía una mirada difusa con ojos que brillaban en la oscuridad y amarillosos dientes puntiagudos – No lo soy-»

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29.- «Sensores»

por Eneko

«Como era festivo, era la primera vez que iba a ser el primero en llegar a la oficina. Desgraciadamente le había tocado madrugar, mientras todos sus amigos habían podido ir a la fiesta de Halloween organizada por el chico más popular de su antiguo instituto. Prometió a sus amigos que se pasaría por la fiesta cuando saliera de la oficina. Llegó a su sitio y dejó su disfraz del protagonista de ‘La matanza de Texas’ en el cajón de su mesa. Cuando llegó la hora del almuerzo, todavía no había llegado nadie, cosa que le extrañó, pero, por otro lado, tampoco se estaba tan mal en la oficina solo. Se sentó en su silla y vio el cajón abierto, miró en su interior y la bolsa del disfraz estaba vacío. De repente se apagaron las luces de la oficina y se bajaron todas las persianas. Pero la preocupación empezó cuando el ruido de una motosierra se oía cada vez más cerca. Empezó a correr en busca de la salida, pero esta vez, los sensores de luz automáticos jugaron en su contra. El dueño de la motosierra sabía su posición en todo momento. Cuando cesaba el ruido de la motosierra, oía el ruido de pasos y respiraciones. Se puso a pensar para sí mismo que era la última vez que iba a trabajar solo en la oficina, si salía de esa, hasta que escuchó el crujir de sus huesos acompasado con la música de la motosierra.»

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30.- «El monstruo»

por EstrellaRm

«Cada noche viene el monstruo del armario, a veces escucho pisadas, rasguños en la puerta y en las peores noches me tumba de la cama. Le he contado a mis padres, dicen que son pesadillas, que no es real. Mi hermano me cree, me dice que también lo ha visto, tiene colmillos y garras, pero él no le teme. Quisiera ser tan valiente como él, así que he mirado todas las películas de terror que he podido, hasta que ya no necesité cubrirme los ojos. Hoy lo enfrentaré, le diré que no le temo y lo sacaré del armario. Es medianoche, escucho cómo rasga el piso del clóset; me he protegido con mi casco, un bate y la navaja de papá. Con la luz apagada, me acerco despacio a la puerta y la abro tan rápido que no tiene tiempo de reaccionar; asestó el primer golpe con el bate, escuchó cómo grita, y eso me alienta a continuar, esta vez no soy yo quien llora. Continúo golpeando en la oscuridad, recuerdo la sensación de la navaja en la mano y la entierro donde siento blando, ya no grita, no se mueve. Lo he vencido. Corro al cuarto de mis padres, quiero que ellos mismos lo vean, ahora sí me creerán que el monstruo era real. Cuando encienden la luz no hay monstruo, solo mi hermano en el suelo, con el rostro del monstruo en una mano y el mango del cuchillo que sale de su abdomen en la otra.»

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31.- «Repeticiones»

por Patricia Pari Zanetti

«En el cuartucho del hotel dio mil vueltas hasta caer en la cama, temblando con la cabeza entre las manos. Mordió el cubrecama con rabia y recordó los cursos, talleres y seminarios digeridos a medias, con el hambre de los condenados. Tanto tiempo y dinero invertido en silenciar las emociones. Leer, meditar, hacer yoga cada día. Logró domesticar el cuerpo hasta conseguir la elegancia inmóvil y la respiración acompasada en ciclos de cinco a siete segundos. Cualquier cosa antes de caer en el pozo de las emociones otra vez. Años de paz borrados de un plumazo por culpa del estúpido ladrón que intentó robarle el móvil. Ahora jadeaba en el calor del desborde. De pie frente al espejo, entendió que estaba sentenciada. Otra vez. Envuelta en una ola densa, sintió el ansia de llenar los pulmones de tabaco y tragar el alcohol prohibido durante años. Apoyada en la pared, con la espalda recta, se obligó a recordar el olor del incienso y la paz de las madrugadas. Miró al ladrón tendido en la cama. Los ojos abiertos sin ver, cubierto de sangre. Las marcas de sus colmillos en el cuello y el torso. Por un segundo apreció la belleza del crimen y por inercia, juntó los índices con los pulgares. Se escuchó el sonido del trueno, el abismo se abrió bajo sus pies y reptó imparable, oscuro, voraz. Sintió desvanecer cada centímetro de su cuerpo. Su alma ahogada, se volvió gris. Arrastrada hacia lo profundo, lloró. Otra vez.»

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32.- «Mamá »

por Esmeralda Egea

«Mamá-Mamá, ¿qué tal estás?-Bien hijo, ¿por qué lo preguntas?-Te veo rara mamá.-Estoy cansada hijo, será eso.La madre se levantó lentamente del sillón, donde descansaba en esos momentos.Al pasar al lado de su hijo pequeño, le tocó la cabeza con un gesto cariñoso.Él se giró y le sonrió.Ella volvió a tocarle el pelo, no sin cierto temor, ya que cuando le hizo el primer gesto, no sintió nada, fue como si tocara aire.Se fue al cuarto de baño, encendió la luz y se miró al espejo.Su rostro se veía completamente aplastado, los párpados caídos dejando al aire los globos oculares, y su nariz era como una pasta de plastilina donde aparecía colgada junto a su boca.Su hijo apareció detrás de ella, quiso cogerlo en brazos pero él pasó de largo.Lo siguió con la mirada, y se acercó a donde él se encontraba.Entonces el niño dijo:-Descansa mamá, descansa, no te preocupes que yo te cuidaré.Ella vio con ojos aterrados su propia imagen: desnuda y tumbada al lado de la ducha, con un trozo de cortina dentro de una de las manos.Sonrió al ver que su hijo pequeño la tapaba con una manta.-Buen chico hijo, buen chico»

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33.- «Dentro»

por Rafa Vera

«Tras la plancha de metal, quince centímetros de grosor, tengo una indefinida sensación de seguridad. Afuera todo son gritos, decreciendo según pasan los minutos. Algún llanto ocasional, llamadas de auxilio y, sobre todo, el desagradable sonido de la salivación mientras se mastica. Ignoro cuántos quedaremos sanos, limpios, inmaculados o como a bien tengan llamarnos. Sí estoy seguro de que, en mi grupo, apenas salimos doce. Por el camino, siete sufrieron infecciones varias por dentelladas y arañazos. Tres tropezaron entre sí, quedando a merced de las criaturas, otrora compañeros, que necesitaban transmitir la virulencia. Quedábamos Molina y yo. En un arrebato de heroicidad, viéndonos completamente cercados, me empujó al búnker interponiendo su cuerpo lacerado entre la puerta y la plaga atrancando la gran plancha de metal. Estoy orgulloso de él, ¡cómo no estarlo! ¿Hubiera hecho yo lo mismo? A saber. Ahora no puedo pensar en eso, tan solo en contar los gritos que quedan para que todo acabe. ¿Cuánto durarán las criaturas? ¿Cómo será el mundo cuando vuelva a atravesar la plancha de metal? ¿Cómo podré abrirla? Me consuelo esperando que quien la construyera hubiera tenido en cuenta cualquier contratiempo. Oigo ruidos, ¿se ha caído una de las estanterías de víveres? No, son pasos. Pero es imposible: estoy solo en el búnker, nadie entró conmigo y fui yo quien lo abrió, cerró Molina. Espera, ¿qué hay en la puerta? Mejor comprobar que cierra. Mierda; está atrancada, sí,… pero por dentro.»

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34.- «Faber est suae quisque fortunae»

por Alejandro Leph

«Provocarse a uno mismo la desgracia es tan universal como antigua la historia de Odiseo. Siempre los hombres serán serán los causantes de su propia degradación, incluso si las causas son no reales. De ahí la creencia en lo supranatural que bordea lo psicosomático, desde los anuncios de enfermedades surgidos del tarot que en el cuerpo han se confirmado hasta la pulsión de muerte provocada por Maldición eterna a quien lea estas páginas o películas como ‘La señal’. Tú también has leído estas páginas y la decadencia ha comenzado. Tu mente da vuelta las palabras. Lo percibías pero seguiste avanzando. Grave error. Vuelves para arriba y chequeas: es el texto el que está mal, las repeticiones marcan la pauta, pero el alivio dura poco porque te das cuenta de que el efecto es intencional. Hay algo dañado en tu cerebro, un corte en tu pensamiento, el sentimiento subrepticio de que algo no está bien. No hay nada que puedas hacer, la duda ha sido instaurada. Quizá esto es solo un juego perverso pero quizá, solo quizá, no hay mejor lugar para recibir un anatema que donde lo esperas. Autoconvencerte ahora de su ficción no servirá. Tu estómago se revuelve. Ya es tarde, nunca fue temprano. Tú quieres esto, colaboras con tu propia perdición, con el mandato inexorable de que todo castigo es verdad y ya lo estás obedeciendo desde que te has expuesto a su presencia: ‘Te quedan siete días’»

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