Elisenda Romano - Diciembre

Diciembre

Tiró la bicicleta por un acantilado. El metal se deshizo en un largo chillido que llenó el alba de frío. Había pedaleado desde su casa durante horas con la respiración consumida y la sangre manchándole todavía las manos. Cuando le regalaron la bicicleta le había gustado su color rojo, rojo sangre, con un banderín que le salía de la parte de atrás como una antena.

—¿Puedo montarme en la bicicleta? —le había preguntado su hermano pequeño.

No se la había querido prestar porque era nueva, de niño grande, y no tenía ruedecitas. El olor, demasiado metálico, demasiado fuerte, demasiado real, manchaba el suelo de cemento y la esquina de una columna de la casa. Había encontrado la bicicleta al lado del niño, tendido en una posición antinatural. Intentó levantarlo, pero no consiguió que se moviese. Hacía solo unos segundos que se había separado de sus
amigos en la esquina de la calle, después de pasar toda la tarde en la hamburguesería de la bolera. Su madre había aceptado porque era un día especial, fue en ese momento cuando su padre entró con una bicicleta de color rojo, rojo sangre, con un banderín, como una antena, que le salía de la rueda trasera. Había creído que iba a ser un buen día aunque hiciera frío, al fin y al cabo era uno de diciembre: el inicio de su mes preferido y día de su cumpleaños.