Sergio Linde - Domingo muerte

Domingo de muerte

Cuentan los sacerdotes más ancianos de la parroquia de San Miguel que, a pesar del paso del tiempo, todavía tienen pesadillas con lo ocurrido en su aldea aquel “Domingo de muerte”.

Manolín era un hombre de mediana edad, bizco, de rostro simpático y gesto inocente. Asesino de más de treinta niños, todos entre ocho y trece años. En prisión se dedicó a leer la Biblia y a tocar la guitarra. Ateo de siempre, se convirtió al cristianismo. Solo fueron necesarias dos décadas entre rejas para que todos olvidaran lo sucedido. Así, gracias a su reciente conversión, colaboró con la parroquia de su barrio en todo tipo de trabajos. Pronto se ganó la confianza de los feligreses por su peculiar forma de curvar los labios al sonreír, y por su exagerado estrabismo que provocaba sentimiento de lástima.

En la parroquia se dedicaba a enseñar a tocar la guitarra. Dios me guiará por el camino correcto, se repetía a sí mismo una y otra vez.  Allí conoció a Suso, un niño mudo de diez años. Era su alumno predilecto y al que, poco a poco, empezó a desvelar sus más íntimos y horrendos secretos. Suso siempre escuchaba atentamente sin interrumpir y, a su vez, Manolín sentía una gran paz interior.

Y llegó aquel fatídico “Domingo de muerte”.  Esa mañana, todo cambió cuando se quedaron a solas en la parroquia después de misa. Por sorpresa, un cuchillo le atravesó por la espalda y su cuerpo cayó al suelo, sin vida, acompañado de su inseparable guitarra, que resonó con fuerza al caer. La sangre empapó la moqueta.

Antes de marchar, Suso, pateó varias veces el cadáver de Manolín, que sonreía con sus labios curvados, con rabia y satisfacción.

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