Javier Dominguez - El café siempre se sirve caliente

El café siempre se sirve caliente

Nubia iniciaba su turno en la biblioteca a las tres y algo que noté – además del inquietante equilibrio entre sus gafas de bordes puntiagudos y su escote – es que dejó clara la huella de su reino con una taza de café, blanca, estampada con un Garfield que leía un libro desde en su caja de arena.

Ella sería apenas un par de años mayor que yo, era estudiante de posgrado y tenía una beca parcial que debía cubrir con horas de trabajo en la universidad. Desde que la vi comencé a acercarme al mostrador a retirar o entregar libros cada semana y eso me dio la oportunidad de intercambiar saludos, sonrisas, conversaciones y así descubrí su gusto por el café. Nada del otro mundo, le gustaba el Nescafé de la cafetería, un Macacino sencillo, sin mayor aspaviento.

Por eso ayer, buscando una excusa para proponer un encuentro, le prometí que le llevaría un café apenas empezara su turno. Nubia sonrió y accedió a mi propuesta, ella llevaría su taza vacía y esperaría a que yo me presentase con el elixir.

Eso sí, y en esto era, irreductible, el café debía estar bien caliente.

Cuando llegué al cafetín, a las tres en punto, caminé directo a la máquina del Nescafé, pero el aparato no estaba. «¿Qué pasó?» Le pregunté a uno de los encargados. «Se llevaron la máquina, tenía una fuga o algo así, la traen en una semana. Tenemos té.»

Miré el reloj en la pared, tres y cinco. Desde la ventana del cafetín pude ver a Nubia subir las escaleras hacia la biblioteca, llevaba su taza de Garfield en la mano, una falda oscura y muy pegada, una blusa de mangas cortas, de rayas de colores, de botones. Imaginé que el último botón no estaría cerrado.

¿Presentarme con las manos vacías? Imposible, la oportunidad de descender por ese escote me despertó.

«¿Me das un té para llevar?» Le dije al chico de la caja.

«¿Frío o caliente?»

«Caliente, asegúrese de que esté muy caliente.»