Álex Garaizar - El funcionario

El funcionario

Rehusó pronunciar unas palabras de despedida. Tomé nota y le indiqué al verdugo que procediera. Les sorprendería comprobar cuántas personas, a escasos segundos de su muerte, no tienen absolutamente nada que decir, ni tan siquiera fruto del resentimiento. La guillotina segó de forma limpia la cabeza del condenado y París permaneció indiferente a la espera del próximo degüello, programado para las cinco de la tarde.

Las ejecuciones ya no son lo que eran. Recuerdo cómo se llenaba la Place de Grève cada vez que un criminal era llevado a la horca o la rueda, cómo las multitudes jaleaban el espectáculo. Sin embargo, desde que se introdujera la guillotina hace apenas un año, la expectación ha bajado notablemente, pues el proceso apenas toma un par de minutos. Tanto más eficiente para un funcionario como yo, pues mi oficio consiste en identificar y acompañar al reo hacia el patíbulo, supervisar el procedimiento y llevar un acta de cada ejecución, con el consiguiente papeleo.

A medida que la revolución avanzaba, hubo numerosos recortes. Varios funcionarios, antiguos jefes míos, pasaron por la guillotina, y las ejecuciones se programaban a razón de cinco, diez y hasta quince en un solo día. ¿Se imaginan trabajar en esas condiciones? Padecí numerosos episodios de ansiedad y el estrés laboral me acompañaba a casa, donde apenas hacía más que repasar actas y condenados.

Finalmente reuní el valor para solicitar una vista con el gabinete de Robespierre, en la que exigí un aumento de sueldo y la contratación de al menos dos funcionarios más para el departamento de ejecuciones. Lamentablemente, mi propuesta fue percibida como “antirrevolucionaria”, por lo que aquí me tienen, merced de mi indigno sustituto, Henri, un viejo conocido del liceo tan obtuso como torpe. Me ha guiado al patíbulo con escaso tacto y ha errado incluso en mi apellido a la hora de enunciar los hechos. Desde aquí abajo puedo ver cómo la guillotina no está correctamente alineada y que el filo se encuentra algo romo, y empiezo a temer que el muy bastardo no me ofrezca tan siquiera pronunciar unas últimas palabras.