Javier Dominguez - El maestro Villegas

El maestro Villegas

Mi padre siempre me contaba la historia del Maestro Villegas, su abuelo, quien un día se quitó el apellido como una camisa. ¿Por qué? El asunto iba así:

Villegas trabajaba en una hacienda fuera de su pueblo y retornaba cada sábado a casa de sus padres. Nunca lo conocí, ni siquiera en fotos, así que lo imagino como un hombre en su veintena, enérgico y decidido.

También había en su vida una chica con quien decidió casarse. Hechas las formalidades de rigor con la familia de la novia, Villegas dio la buena noticia en su casa y su padre le ofreció como regalo de bodas un terreno con una casita que necesitaba serios trabajos de refacción. Villegas agradeció el regalo y no se amilanó ante el desafío.

Así, Villegas se dedicó por meses a reparar las paredes, instaló el lavandero, tomó las goteras en el techo, colocó tejas e imagino que hizo un vistoso porchecito en la entrada.

Supongo lo del porchecito, dado lo que ocurrió después: cuando ya la remodelación se encontraba adelantada, el padre de Villegas lo llamó a su trabajo y le dijo que alguien había visto la casa e hizo una oferta interesante por la propiedad y él aceptó.

No sé si a Villegas le molestó más perder su casa o que no le consultaran primero. Sólo tengo a mano lo que cuenta mi papá: el joven, enfurecido, fue al pueblo y comenzó a desmontarle a la casa todo cuanto pudo, incluyendo las tejas.

Lo imagino en el techo, retirando con cuidado cada una de las piezas, maldiciendo tras cada losa removida. Luego vendió todo, buscó a su mujer y se marchó del pueblo para siempre.

Desde ese entonces, dejó de usar el apellido Domínguez. Se presentaba como Villegas y el apellido anterior quedó apenas como una huella de tinta en una tarjeta del servicio militar.

El título de maestro vino por su oficio de albañil, imagino que llegó a ser maestro de obras.

Sería como el maestro Villegas que escribiría el resto de su historia.