Microrrelato tras lenguaje

El microrrelato se esconde tras el lenguaje de otras historias o discursos

Hemos hablado ya de historias que hacen referencia al acto de escritura. Ahora me gustaría mostrarles cómo además esos relatos pueden ser ejemplos de inserción de otros discursos, como si se camuflaran con los rastros de otro tipo de mensajes:

Cuento por encargo

El barco pirata estacionó frente a mi casa. Los marineros engancharon el ancla en el árbol del vecino y se apostaron a lo largo de la calle mirando hacia adelante con cara de desalmados. Al rato bajó el capitán y golpeó a mi puerta; le abrí, él entró sin ningún tipo de preámbulos y se acomodó en el bar destrozado que me quedó de un fallido cuento de vaqueros. “Usted es escritor, ¿no?”, me interpeló en un idioma desconocido; por suerte, los dos manejábamos el mismo código literario. “Sí; así es”, respondí. “Bien, dijo, necesitamos alguien con mucha imaginación”. “Los críticos dicen que yo no tengo ni una pizca”, señalé. “Bien, murmuró pensativo, ése es un buen signo”. Hizo una pausa; se tomó un vaso de whisky que había por ahí, y me miró. “Mi tripulación y yo tenemos un problema. No encontramos una buena aventura desde hace años. Nadie nos quiere dar lugar en sus historias; dicen que ya no servimos para nada porque estamos pasados de moda… Así que decidimos tener nuestro propio escritor”. Lo único que me faltaba, pensé: Piratas con problemas existenciales. “Mire, le dije, los relatos de aventuras no son mi especialidad”. “Eso no importa, masculló, pónganos en el género que quiera”. Se puso de pie bruscamente, se dirigió hacia la puerta y agregó: “Le damos una semana. Y no intente traicionarnos. Los dos escritores que lo intentaron ya no pueden escribir más”. Y se fue.
Entonces, por las dudas, empecé a escribir este cuento.

Marcelo Damiani

 

Amor cibernauta

Se conocieron por la red. Él era tartamudo y tenía un rostro brutal de neandertal: cabeza enorme, frente abultada, ojos separados, dientes muy separados que sobresalían de una boca enorme y abierta, ojos redondos y rojos, cuerpo endeble y barriga prominente. Ella estaba inválida del cuello hacia abajo y dictaba los mensajes al computador con una voz hermosa, pausada y clara que no parecía tener nada que ver con ella; tenía el cuerpo de una niña frágil, desmadejado como el de una muñeca maltratada. Fue un amor a primer intercambio de mensajes: hablaron de la armonía del universo y de los sufrimientos terrestres, de la necesidad del imperio de la belleza y de los abyectos afanes de los mercaderes de guerra, de la abrumadora generosidad del espíritu humano que contradice la miseria de unos pocos. Leían incrédulos las réplicas donde encontraban una mirada equivalente del mundo, no igual, similar aunque enriquecida por historias y percepciones diferentes. Durante meses evitaron hablar de sí mismos, menos aún de la posibilidad de encontrarse en un sitio real y no virtual.

Un día él le envió la foto digitalizada de un galán. Ella le retribuyó con la imagen de una bailarina. Él le escribió encendidos versos de amor que ella leyó embelesada. Ella le envió canciones con su propia voz, él lloró de emoción al escuchar esa música maravillosa. Él le narraba con gracia los pormenores de su agitada vida social, burlándose agudamente de los mediocres. Ella le enviaba descripciones pormenorizadas de sus giras por el mundo con compañías famosas. Ninguno de los dos jamás propuso encontrarse en el mundo real. Y fue un amor de sueños, de mensajes, de versos, de canciones. Fue un amor real, no virtual, como los que suelen acontecernos en ese lugar que llamamos realidad.

Diego Muñoz (1956). Chile

 

En el cuento de Damiani la historia se construye jugando con lo real y lo ficcional y, este último, vinculado con el universo de las historias de piratas. El escritor, de hecho, se involucra como víctima de la situación si no mide las consecuencias.

En el relato de Muñoz se trabaja esencialmente con el mundo de lo real y lo virtual, algo por cierto, que nos toca de cerca por estas épocas, pero que el autor juega de modo tal que se inviertan las características de los dos universos representados: el detalle que se le da a ese universo virtual quizás colabora para sellar las imágenes de “nuestra chata realidad”.

Otra cuestión, que será necesario profundizar y ejemplificar en otra ocasión, es la que se observa en los siguientes textos, en los que no sólo juegan modelos literarios, sino también provenientes del lenguaje instruccional o inclusive bordeando o entrecruzándose con el lenguaje poético (¿cuento, poema, poema en prosa?; puedo asegurar que muchos que creen tener en claro los “límites” entre estos fenómenos han titubeado en más de una ocasión):

Instrucciones para llorar

Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente.
Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por
haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia dentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.

Julio Cortázar

 

Fragilidad de los vampiros

Algunas veces cazamos vampiros. No son repulsivos ni malvados como cuentan las leyendas y predican las moralejas. Tampoco asumen formas humanas ni muerden el cuello de las mujeres hermosas para darles un placer que humilla a todos los varones mortales. No parecen fuertes y no besan con labios ni atacan con colmillos. Al contrario, son delicados como telas de araña y pequeños como mariposas.

Para atraparlos hay que esperar desnudos en la oscuridad y adelantar al vacío una red pálida y furiosa. El blanco de la piel o de los ojos o de los dientes, las reverberaciones lunares de la red, los marean. El olor del cuerpo sin ropas los conduce, la fantasía del cazador los abraza con ardiente silencio. Es fácil entonces asirlos entre las yemas de los dedos para devorarlos o encerrarlos en frascos transparentes. Algunos los esconden entre los vellos del pubis, otros los disuelven en jugo de adormideras para que el significado de sus sueños exceda la miseria de los días que mueren.
Otros se vuelven vampiros también ellos: criaturas de belleza incomprensible, víctimas de los nuevos cazadores que aguardan, los cuerpos implacables como lámparas.

María Rosa Lojo

 

Les dejo aquí dos cuentos más. En primer lugar para que los disfruten; en segundo término por si les surgen relaciones con los que hemos estado revisando o para que les sirvan de inspiración para alguna idea que están gestando en sus cuadernos de escritores:

Haga como si estuviera en su casa

Una esperanza se hizo una casa y le puso una baldosa que decía: Bienvenidos los que llegan a este lugar.
Un fama se hizo una casa y no le puso mayormente baldosas. Un cronopio se hizo una y siguiendo la costumbre puso en el porche diversas baldosas que compró o hizo fabricar. Las baldosas estaban colocadas de manera que se las pudiera leer en orden. La primera decía: Bienvenidos los que llegan a este hogar. La segunda decía: La casa es chica, pero el corazón es grande. La tercera decía: La presencia del huésped es suave como el césped. La cuarta decía: Somos pobres de verdad, pero no de voluntad. La quinta decía: Este cartel anula todos los anteriores. Rajá, perro.

Julio Cortázar

 

Enamorado

Le propuso matrimonio. // Ella no aceptó. // Y fueron muy felices.

Anónimo. México

 

El cuento de Cortázar (proviene de “Historia de cronopios y de famas”) nos lleva a ese universo que creó de personajes como cronopios, famas y esperanzas, donde los famas se vinculan más con el éxito, las esperanzas con ese mundo de los ideales y los cronopios con seres comunes y corrientes a los que la realidad los atraviesa y se muestra cómo la aceptan o la transforman de acuerdo con sus comportamientos similares a los nuestros.

En el final, de todos modos, caemos en lo cotidiano con esa frase que apela a lo instintivo no siempre entendido como lo más “civilizado”. Recuerden que “rajá” para los argentinos es equivalente a “sal de aquí” o “vete”.

El enigmático texto de México me ha dado satisfacciones en mi tarea docente. De hecho, me encantaría saber qué hacen ustedes luego de leerlo: mis alumnos se encargan de “abrir” la secuencia para que contando lo que no está dicho se entienda cómo una frase tan poco propia de los relatos tradicionales (“Y fueron felices y comieron perdices”) puede cerrar con coherencia este relato. Y ojo que escriben versiones en las que ambos terminan juntos y también en las que siguen sus caminos por separado.

Me muero de curiosidad por ver las producciones que harían ustedes (quizás a algunos les interese compartirlas).

He cumplido: en esta ocasión he alternado cuentos de mayor extensión con los que circulan por este espacio habitualmente. Pero las posibilidades del microcuento no terminan acá. Esta historia continuará.

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